Yo lo vi venir. Como se ve venir el final de algo sin poder hacer absolutamente nada por evitarlo. Al fin y al cabo era como intentar frenar las olas que lamen esta playa. Cuando la deriva comenzó, nadie lo esperaba. Ni siquiera yo. Y no es que quisiera dejar al margen a nadie, simplemente cuando comienza es imposible de parar. Arena que se escurre entre tus manos mientras intentas conservarla, pero no lo consigues y tus manos vacías te muestran con toda crudeza lo que tuviste, ya no tienes y jamás volverás a tener, a sentir. Recuerdo el momento exacto en que la realidad me secuestró, como si un interruptor hubiera sido encendido dando luz al tablero en el que yo iba a dejar de jugar. Sentado en la orilla, con los pies descalzos, un mar en calma se confundía con el horizonte a través de una línea tan geométrica que parecía un decorado de película. Como colgado de esa línea, intentando no caer, el sol decía adiós provocando que todo se tiñera de violeta. La playa estaba casi desierta a esas horas, pero a unos metros de mí, un niño construía un castillo con una concentración que no correspondía mucho con su edad. Al terminar, se levantó y lo derribó poniendo su pie encima, con una sonrisa en la cara. Cogió su cubo, su pala, y corrió hacia el paseo.
Escuchando: My plan - The Sunday Drivers
viernes, julio 03, 2009
jueves, junio 18, 2009
El mal
Su calva empieza a poblarse de pequeñas gotitas. Yo sé que no es fruto de los nervios o de la preocupación, sino del calor asfixiante que reina en este pequeño cuarto sin ventilación. Al otro lado de la mesa, su sonrisa serena me pone enfermo. Llevamos ahí más de tres horas y no he conseguido absolutamente nada. Todos sabemos que estamos en lo cierto, pero eso no vale para nada. Le miro a los ojos con la firme intención de encontrar algo que me sirva de explicación, que me ayude a entender. Pero esa sonrisa me lo pone muy difícil. Me pregunto una y otra vez – como le he estado preguntando a él a lo largo de estas tres horas- cómo puede existir eso; se ha convertido en una obsesión desde que descubrimos el cuerpo. Resultaría lógico pensar que a estas alturas ya debería tener callo, que de tanto ver lo peor ya debería de haber adquirido alguna suerte de insensibilidad. Pero no es así, al menos en este momento.
Tienes una mujer preciosa que te quiere y un hijo que te idolatra; vives en un bonito barrio del norte de la ciudad, en una casa con dos plantas y un patio para que tu hijo pueda jugar; trabajas en una gran empresa en la que ocupas un puesto de responsabilidad y muy bien remunerado; eres un miembro respetado de la comunidad, con mucho amigos que te consideran un ejemplo, como cabeza de familia y como hombre; conduces un precioso Audi negro y te puedes permitir caprichos siempre que quieres; veraneas en la costa, donde tienes un apartamento en primera línea, con acceso a una playa privada.
No sé en qué instante he comenzado a perder el norte, a permitir que todo aquello me superara como si pudiera permitirme que pasara. Me he levantado con un torrente de sangre batiendo mis sienes y le he golpeado, fuerte, con el puño. Después le he levantado apretándole del cuello y entonces lo he visto en sus ojos por primera vez. Le he visto con claridad una noche hace menos de un mes, secuestrando, torturando, abusando y asesinando a esa inocente niña de nueve años. Lo he visto. Se lo han llevado de allí mientras yo vomitaba en una de las esquinas de esta sauna.
Escuchando: I don't know - Sexy Sadie
Tienes una mujer preciosa que te quiere y un hijo que te idolatra; vives en un bonito barrio del norte de la ciudad, en una casa con dos plantas y un patio para que tu hijo pueda jugar; trabajas en una gran empresa en la que ocupas un puesto de responsabilidad y muy bien remunerado; eres un miembro respetado de la comunidad, con mucho amigos que te consideran un ejemplo, como cabeza de familia y como hombre; conduces un precioso Audi negro y te puedes permitir caprichos siempre que quieres; veraneas en la costa, donde tienes un apartamento en primera línea, con acceso a una playa privada.
No sé en qué instante he comenzado a perder el norte, a permitir que todo aquello me superara como si pudiera permitirme que pasara. Me he levantado con un torrente de sangre batiendo mis sienes y le he golpeado, fuerte, con el puño. Después le he levantado apretándole del cuello y entonces lo he visto en sus ojos por primera vez. Le he visto con claridad una noche hace menos de un mes, secuestrando, torturando, abusando y asesinando a esa inocente niña de nueve años. Lo he visto. Se lo han llevado de allí mientras yo vomitaba en una de las esquinas de esta sauna.
Escuchando: I don't know - Sexy Sadie
miércoles, junio 03, 2009
Imágenes
Está deslucida. Quizás el tiempo. La ventana abierta enseña una noche oscura, sin luna. Muebles dispersos, sin orden aparente. Recuerdo de una noche en la que se escapó un tren, y no precisamente de una estación. Ve lo que no hay, siente lo que no se ve. Imagen que guarda tanto significado que querría romperla, pero el material no admite arrepentimientos. Sólo se va desluciendo, poco a poco, tomando un color amarillento. La vida atrapada en un simple trozo de papel satinado.
Debajo, su altura es onírica. Esa luz rojiza partiendo las nubes por la mitad. Gigante acristalado con pies de barro. Siempre quiere hablar, pero nadie le escucha. Ignorado por miles de personas que rozan sus pies y acarician sus entrañas. El rojo sigue luciendo, fantasmagórico entre la niebla a esas horas de la madrugada. Tan arriba. Quizás fue lo primero que vio al llegar. Maleta en mano; corazón en la boca. Tan pequeño bajo él. No ha crecido desde entonces, al contrario que los tipos deshilachados que quieren habitar en su interior. Nunca lo conseguirán, como él, que sigue conformándose con mantener el corazón en la boca bajo su sombra.
No deja de llover nunca. Siempre que se asoma es así. Gotas golpeando la barandilla metálica. Sonido hipnótico, persistente, desesperante. No ha dejado de hacerlo. Nunca. La esperanza mojada hasta el tuétano. Dispuesto a olvidar, se siente siempre entorpecido por ese goteo constante de recuerdos acuosos. Las nubes se burlan porque lo saben. A cada sonrisa, un trueno; a cada mueca, una tormenta. Las maldice una y otra vez mientras ve a la gente pasear en manga corta, con sus esperanzas secas.
El estanque cada vez más desierto. Agua negra rodeada por una valla mohosa. Un par de patos desnutridos flotan sobre la viscosidad. Pero allí acude él, tarde tras tarde, arrastrando los pies, con el poco pan que consigue guardar. Se lo arroja a los patos, aún sabiendo que ellos hace tiempo que han dejado de comer. Frente a él, un par de niños vestidos de soldados se carcajean de la escena. Sobre el único árbol, ningún pájaro. Con el bastón intenta agitar el fango, provocar a los patos. No hay respuesta. El mundo en una foto fija.
En la fotografía está ella, pero distinta, con luz. Ahora todo está apagado en esa casa. Sombras deslizándose de esquina a esquina, acechando. Ni las vistas se parecen: donde había hierba y niños, ahora barro y yonquis. Todas las fotos salen veladas. Coloca altares sobre la encimera de la cocina. Polaroids rodeadas de velas de color negro junto a libros de Baudelaire. Rezos agónicos entre volutas de humo tóxico. Incluso ha pensado en el vudú. Y todo por haber puesto el dedo frente al objetivo en el peor momento.
Publicado en Magazine Siglo XXI
Escuchando: Wrong - Depeche Mode
Debajo, su altura es onírica. Esa luz rojiza partiendo las nubes por la mitad. Gigante acristalado con pies de barro. Siempre quiere hablar, pero nadie le escucha. Ignorado por miles de personas que rozan sus pies y acarician sus entrañas. El rojo sigue luciendo, fantasmagórico entre la niebla a esas horas de la madrugada. Tan arriba. Quizás fue lo primero que vio al llegar. Maleta en mano; corazón en la boca. Tan pequeño bajo él. No ha crecido desde entonces, al contrario que los tipos deshilachados que quieren habitar en su interior. Nunca lo conseguirán, como él, que sigue conformándose con mantener el corazón en la boca bajo su sombra.
No deja de llover nunca. Siempre que se asoma es así. Gotas golpeando la barandilla metálica. Sonido hipnótico, persistente, desesperante. No ha dejado de hacerlo. Nunca. La esperanza mojada hasta el tuétano. Dispuesto a olvidar, se siente siempre entorpecido por ese goteo constante de recuerdos acuosos. Las nubes se burlan porque lo saben. A cada sonrisa, un trueno; a cada mueca, una tormenta. Las maldice una y otra vez mientras ve a la gente pasear en manga corta, con sus esperanzas secas.
El estanque cada vez más desierto. Agua negra rodeada por una valla mohosa. Un par de patos desnutridos flotan sobre la viscosidad. Pero allí acude él, tarde tras tarde, arrastrando los pies, con el poco pan que consigue guardar. Se lo arroja a los patos, aún sabiendo que ellos hace tiempo que han dejado de comer. Frente a él, un par de niños vestidos de soldados se carcajean de la escena. Sobre el único árbol, ningún pájaro. Con el bastón intenta agitar el fango, provocar a los patos. No hay respuesta. El mundo en una foto fija.
En la fotografía está ella, pero distinta, con luz. Ahora todo está apagado en esa casa. Sombras deslizándose de esquina a esquina, acechando. Ni las vistas se parecen: donde había hierba y niños, ahora barro y yonquis. Todas las fotos salen veladas. Coloca altares sobre la encimera de la cocina. Polaroids rodeadas de velas de color negro junto a libros de Baudelaire. Rezos agónicos entre volutas de humo tóxico. Incluso ha pensado en el vudú. Y todo por haber puesto el dedo frente al objetivo en el peor momento.
Publicado en Magazine Siglo XXI
Escuchando: Wrong - Depeche Mode
lunes, mayo 25, 2009
Memoria
Si pudiera elegir, sería una fotografía, dijiste casi en un susurro. Aquel día yo ya sabía cuál era el futuro, así que no me pareció una idea tan descabellada. Serías una fotografía. Ahora, años después, lo eres. En algún sitio, quizás en ese libro de Hornby o en el cajón del mueble de la tele. En blanco y negro, en una calle del centro. No recuerdo el momento, pero sí el lugar, frente a aquel bar al que tanto solíamos ir porque ponían nuestra música. El resto apenas se dibuja en mi memoria. Quizás lo haga el día que, buscando algo, me tope con ella de nuevo y todo me parezca aún más extraño, más ajeno. Como si yo no hubiera enfocado y no hubiera apretado el botón. Como si yo no hubiera estado nunca allí, en esa calle, esa tarde, contigo, temblando. Quizás, en ese momento, llegue a la conclusión de que sólo se trata de una imagen recortada de una revista y conservada por azar.
Escuchando: Alive - Pearl Jam
Escuchando: Alive - Pearl Jam
miércoles, mayo 06, 2009
Suddenly
De pie, en mitad de la plaza, Pablo observa el cartel con una mezcla de melancolía y envidia. Este fin de semana tocan en el barrio. Levanta la vista y el sol le daña los ojos, tanto que necesita cerrarlos por un instante. Lo justo para que, desorientado, sienta un golpe seco en el brazo. Al abrirlos, frente a él, en el suelo, hay un niño tendido. A su lado una bicicleta a la que aún se le mueven las ruedas. A Pablo las fuerzas le abandonan y cae de rodillas muy cerca del niño, inerte sobre las gastadas baldosas. Un hilillo de sangre recorre su frente.
Sentados uno frente al otro, en el banco de siempre, en la plaza. César intenta retirar el mechón de la frente de Eva, como ha hecho siempre desde hace tanto tiempo que ni se acuerda. Sin embargo, esta vez no le deja y ladea su cabeza para esquivar su mano en un gesto inequívoco. Intenta encontrar sus ojos, pero ella los esconde mirando a un caniche blanco que ensucia con sus excrementos la estatua que domina la plaza. César toma aire y se dispone a lanzar los dardos que necesita la situación, pero un ruido metálico seguido de un golpe amortiguado le interrumpen.
Claire se levanta y cambia el CD. Ahora son Interpol quienes llenan el pequeño apartamento. Pone hielos en el vaso y se sirve otro vodka. Son las seis de la tarde. La mesa está llena de cartones de pizza, plásticos vacíos y ceniceros llenos de colillas. La luz se filtra con problemas a través de los listones de la persiana. Entonces un mal presentimiento se asoma a su cabeza como el reflejo de un arrepentimiento. Sube la persiana. En la plaza, un grupo de gente se arremolina formando un círculo. El vaso cae al suelo y se parte en mil pedazos. Por un instante, la voz de Paul Banks se convierte en una letanía.
Escuchando: Pedalpusher - Stereophonics
Sentados uno frente al otro, en el banco de siempre, en la plaza. César intenta retirar el mechón de la frente de Eva, como ha hecho siempre desde hace tanto tiempo que ni se acuerda. Sin embargo, esta vez no le deja y ladea su cabeza para esquivar su mano en un gesto inequívoco. Intenta encontrar sus ojos, pero ella los esconde mirando a un caniche blanco que ensucia con sus excrementos la estatua que domina la plaza. César toma aire y se dispone a lanzar los dardos que necesita la situación, pero un ruido metálico seguido de un golpe amortiguado le interrumpen.
Claire se levanta y cambia el CD. Ahora son Interpol quienes llenan el pequeño apartamento. Pone hielos en el vaso y se sirve otro vodka. Son las seis de la tarde. La mesa está llena de cartones de pizza, plásticos vacíos y ceniceros llenos de colillas. La luz se filtra con problemas a través de los listones de la persiana. Entonces un mal presentimiento se asoma a su cabeza como el reflejo de un arrepentimiento. Sube la persiana. En la plaza, un grupo de gente se arremolina formando un círculo. El vaso cae al suelo y se parte en mil pedazos. Por un instante, la voz de Paul Banks se convierte en una letanía.
Escuchando: Pedalpusher - Stereophonics
martes, abril 21, 2009
Flash
Aún era de noche cuando abrí los ojos. La habitación, en penumbra, se hallaba en un silencio absoluto que parecía no poder ser interrumpido por nada. Mi cabeza parecía moverse por dentro, como si miles de pájaros volaran en su interior. Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Al abrirla, el mismo silencio. Ni un solo ruido procedente de las habitaciones que se dispersaban a izquierda y derecha. Me acodé en la barandilla y entonces te vi. Junto a la piscina, sentada en una silla de plástico, con una manta por encima de tus hombros. Tu mirada se perdía, como el humo de tu cigarro, en la superficie de la piscina. Agua negra, plagada de hojas y desperdicios abandonados allí por el crudo invierno. Fui a por la cámara de fotos y encuadre mis sueños. El fogonazo del flash te hizo girar la cabeza y entonces supe que había capturado tu alma.
Escuchando: The clock - Thom Yorke
Escuchando: The clock - Thom Yorke
lunes, abril 06, 2009
Recortes
Juan recuerda las nubes como manchas blancas espumosas. Hace mucho que no las ve, pero cuando cierra los ojos ahí están. En su celda no hay ventanas. Ni siquiera una de esas pequeñas en lo más alto del cubículo. Nada de luz, salvo la que da una bombilla desnuda durante un periodo de tiempo que el ha sido incapaz de calcular con exactitud. Porque para él todo es un continuo, no hay división entre noche y día, entre mañana y tarde. Así que espera su hora mientras se come las uñas. Es su única forma de medir el tiempo, el que tardan en crecerle. Ya lo han hecho tres veces. Debe de quedar poco.
Le gusta su vida de ahora. Más que la de antes, no hay duda. Se levanta bien pronto, se ducha, se viste y baja a la cafetería a desayunar. Después se dirige a pie a su trabajo. A la hora de comer, lo hace sola, siempre en el mismo bar. Por la tarde, al salir del trabajo, va al gimnasio. Regresa a casa antes del anochecer y escribe, lee, ve una película o escucha música. Esa es su rutina. Ahora, gracias a ella, se siente a salvo y mantiene a raya al miedo. Ése lobo que persiguió su carne durante un tiempo que a ella le gusta llamar muerto. Su vida es suya y de nadie más. Hace tiempo que no considera que compartir sea vivir.
Carlos encuentra en su buzón un catálogo de armas de fuego. No recuerdo haber pedido nada parecido, en gran parte porque nunca ha sentido ninguna inclinación hacia ese tema, que considera sólo del gusto de enfermos mentales o gente extremadamente peligrosa, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, cuando se sienta en su sofá, con una cerveza en la mano, dispuesto a descansar, se deja llevar por la curiosidad y abre ese cuadernillo con una magnum del 45 ocupando toda la portada. Al mirar el reloj descubre que lleva más de una hora contemplando revólveres, escopetas, con y sin repetición, y alguna que otra metralleta. Tiene la sensación de llevar apenas un puñado de minutos, pero en realidad ha levantado la cabeza porque el sol casi se ha escondido y la oscuridad comienza a hacerse dueña del salón.
El lugar es oscuro y húmedo. Algo parecido a un garaje antiguo lleno de chatarra. Desde su posición, sentado en una de las esquinas más alejadas del portón de entrada, puede abarcar con la vista todo el vasto espacio. La hemorragia aún no le ha hecho perder el sentido, y él trata de presionarse con las fuerzas que le quedan, y con la ayuda de un pequeño trapo, la herida que le divide en dos el estómago. Por mucho que intenta pensar en su familia, sólo le viene a la cabeza la imagen de ese anuncio de helados. Ese en el que una chica joven, rubia, muy guapa, enseña un más que generoso escote mientras da un mordisco a un trozo de hielo rojo. Le parece una ironía que el color del helado sea el mismo que le encharca ahora las manos y discurre hacia sus piernas como un débil riachuelo de muerte.
Escuchando: The shock of the lightning- Oasis
Le gusta su vida de ahora. Más que la de antes, no hay duda. Se levanta bien pronto, se ducha, se viste y baja a la cafetería a desayunar. Después se dirige a pie a su trabajo. A la hora de comer, lo hace sola, siempre en el mismo bar. Por la tarde, al salir del trabajo, va al gimnasio. Regresa a casa antes del anochecer y escribe, lee, ve una película o escucha música. Esa es su rutina. Ahora, gracias a ella, se siente a salvo y mantiene a raya al miedo. Ése lobo que persiguió su carne durante un tiempo que a ella le gusta llamar muerto. Su vida es suya y de nadie más. Hace tiempo que no considera que compartir sea vivir.
Carlos encuentra en su buzón un catálogo de armas de fuego. No recuerdo haber pedido nada parecido, en gran parte porque nunca ha sentido ninguna inclinación hacia ese tema, que considera sólo del gusto de enfermos mentales o gente extremadamente peligrosa, que viene a ser lo mismo. Sin embargo, cuando se sienta en su sofá, con una cerveza en la mano, dispuesto a descansar, se deja llevar por la curiosidad y abre ese cuadernillo con una magnum del 45 ocupando toda la portada. Al mirar el reloj descubre que lleva más de una hora contemplando revólveres, escopetas, con y sin repetición, y alguna que otra metralleta. Tiene la sensación de llevar apenas un puñado de minutos, pero en realidad ha levantado la cabeza porque el sol casi se ha escondido y la oscuridad comienza a hacerse dueña del salón.
El lugar es oscuro y húmedo. Algo parecido a un garaje antiguo lleno de chatarra. Desde su posición, sentado en una de las esquinas más alejadas del portón de entrada, puede abarcar con la vista todo el vasto espacio. La hemorragia aún no le ha hecho perder el sentido, y él trata de presionarse con las fuerzas que le quedan, y con la ayuda de un pequeño trapo, la herida que le divide en dos el estómago. Por mucho que intenta pensar en su familia, sólo le viene a la cabeza la imagen de ese anuncio de helados. Ese en el que una chica joven, rubia, muy guapa, enseña un más que generoso escote mientras da un mordisco a un trozo de hielo rojo. Le parece una ironía que el color del helado sea el mismo que le encharca ahora las manos y discurre hacia sus piernas como un débil riachuelo de muerte.
Escuchando: The shock of the lightning- Oasis
lunes, marzo 30, 2009
Comparaciones
En el parque, al calor de los primeros rayos del sol primaveral, Ray se pregunta el porqué de que los linces ibéricos no sean también bautizados. A él siempre le había parecido que las comparaciones debían ser lo más justas posibles, pero, en realidad, qué lo era en la sociedad actual. Y es que igual que se compara a un rubicundo niño con un majestuoso ejemplar ibérico, se regalan espacios públicos históricos y zonas verdes a la Iglesia, o miembros de dicha organización usan su puesto para hacer política e influir en sus seguidores. Ray cada vez entendía menos el uso indiscriminado del llamado doble rasero dependiendo de los intereses de cada uno. Nunca había comprendido cómo alguien podía opinar algo y lo contrario a la vez según en qué situación, lugar o circunstancia. Y, sobre todo, a él siempre le había gustado ponerse en la piel de los demás antes de enjuiciarles por alguna decisión tomada. Uno no decide igual sobre algo cuando su vida se tambalea que cuando se está comiendo unas bravas en el bar, concluyó Ray antes de reiniciar el camino.
Escuchando: High and dry - Radiohead
Escuchando: High and dry - Radiohead
miércoles, marzo 25, 2009
Indignos
Ahí están todos ellos con sus trajes negros. Panda de enterradores. Sonríen bobaliconamente desde sus tristes asientos mullidos, gruñen, se pelean como buitres, defienden palabras vacías y se marchan a comer con el dinero ajeno. Así son esa cuadrilla de hipócritas al frente de nuestro futuro. Tal ha sido la degradación de su estirpe que ahora no pasan de ser unos vulgares trileros. Corruptos, mentirosos, estafadores. Si Alcalá-Zamora o Azaña os pudieran dar una lección dejarían en evidencia vuestra falta de autoridad, vuestra escasez de recursos, de cultura, de inteligencia, de valor. La total ausencia de compromiso que demostráis no es más que un reflejo de la falta de escrúpulos que os caracteriza. Qué nostalgia de verdaderas ideas, de discursos rebosantes de contenido, de retórica inteligente, de humor fino, de revoluciones, de compromiso. Avaros y vendidos, el tiempo os colocará en vuestro sitio, eso si vuestras calamidades permiten que haya tal futuro. Valientes cobardes…
Escuchando: Wandering star - Portishead
Escuchando: Wandering star - Portishead
jueves, marzo 12, 2009
Tres
Tumbado en la cama te veía colocar pósters por la habitación iluminada por el sol de agosto. Chincheta y martillo en mano, fuiste llenando las paredes: Sonic Youth, Joy Division, John Coltrane, Pink Floyd, Radiohead… Siempre me llamó la atención ese gusto tuyo por todo tipo de música. Soy muy heterogénea, me decías siempre con esa sonrisa tuya tan vertical. Aquella habitación quedó perfecta. Pasamos en ella casi todo el verano, a base de calimochos, patatas fritas y música, siempre música. A menudo pasaban por allí todo tipo de gente; amigos tuyos, amigos míos, vecinos. Por aquel entonces tenías entre ceja y ceja a un tipo mucho mayor que tú y que te hacía llorar en silencio mientras oíamos alguna canción de Cohen. Nunca me atreví a preguntar, cruzaba y descruzaba las piernas, esperaba a que te limpiaras con el dorso de tu mano las lágrimas. Después siempre actuabas como si no hubiera pasado, sonrisa en picado y a pinchar otro disco.
Sacar adelante la tienda era muy complicado. Aquellos jodidos pijos traidores preferían irse a comprar los nuevos putos cds a sus horribles centros comerciales. Ya no querían vinilos, les resultaba muy cansado levantar la aguja. Hay que joderse. Así que aquellos días fueron muy duros porque, en el fondo, yo sabía que mi sueño estaba colándose por el sumidero y yo no tenían ningún tapón a mi alcance. Sí, supongo que por eso no tenía tiempo para ella y siempre encontraba algo mejor que hacer, más útil. Pero no nos confundamos, los sentimientos estaban ahí. No me daba igual que me contara que pasaba las horas muertas con ese maricón niño de papá. Pero, qué puedo decir, tenía cosas más importantes en las que pensar. Era mi vida, mi sueño, lo que estaba en juego, joder.
Con él todo era distinto. Era otro mundo, era como haber encontrado a alguien que entendía lo que yo sentía, lo que me atrapaba. No me había ocurrido con nadie, con ningún de los chicos de mi edad con los que había salido. A su lado yo era completa. Pero las cosas se le empezaron a torcer con la tienda y, claro, comenzó a tener menos tiempo y nos veíamos cada vez menos y eso me destrozaba. Así que me refugiaba en Marc. Era un encanto de chico. Nos sentábamos y escuchábamos a Dylan mientras bebíamos. Aguantaba mis bajones y escuchaba mis problemas. Me escuchaba. Me daba compañía. Todo lo que necesitaba en esos momentos. Nos llevábamos bien, eso era todo. Usé a Marc alguna vez para intentar darle celos. Supongo que es algo que hacemos sin querer, nos sale de dentro, más aún en aquel momento en el que me hacía sentir tan lejos de él. Hablaba sobre Marc y nuestras tardes sentados en mi habitación. Las recuerdo con cariño.
Escuchando: Coast to coast - Elliott Smith
Sacar adelante la tienda era muy complicado. Aquellos jodidos pijos traidores preferían irse a comprar los nuevos putos cds a sus horribles centros comerciales. Ya no querían vinilos, les resultaba muy cansado levantar la aguja. Hay que joderse. Así que aquellos días fueron muy duros porque, en el fondo, yo sabía que mi sueño estaba colándose por el sumidero y yo no tenían ningún tapón a mi alcance. Sí, supongo que por eso no tenía tiempo para ella y siempre encontraba algo mejor que hacer, más útil. Pero no nos confundamos, los sentimientos estaban ahí. No me daba igual que me contara que pasaba las horas muertas con ese maricón niño de papá. Pero, qué puedo decir, tenía cosas más importantes en las que pensar. Era mi vida, mi sueño, lo que estaba en juego, joder.
Con él todo era distinto. Era otro mundo, era como haber encontrado a alguien que entendía lo que yo sentía, lo que me atrapaba. No me había ocurrido con nadie, con ningún de los chicos de mi edad con los que había salido. A su lado yo era completa. Pero las cosas se le empezaron a torcer con la tienda y, claro, comenzó a tener menos tiempo y nos veíamos cada vez menos y eso me destrozaba. Así que me refugiaba en Marc. Era un encanto de chico. Nos sentábamos y escuchábamos a Dylan mientras bebíamos. Aguantaba mis bajones y escuchaba mis problemas. Me escuchaba. Me daba compañía. Todo lo que necesitaba en esos momentos. Nos llevábamos bien, eso era todo. Usé a Marc alguna vez para intentar darle celos. Supongo que es algo que hacemos sin querer, nos sale de dentro, más aún en aquel momento en el que me hacía sentir tan lejos de él. Hablaba sobre Marc y nuestras tardes sentados en mi habitación. Las recuerdo con cariño.
Escuchando: Coast to coast - Elliott Smith
lunes, marzo 02, 2009
Las palabras sobran
Ella escribe con su dedo en el cristal cubierto de vaho “yo te enseñaré a ser feliz”. La frase adquiere una rotundidad inapelable en ese formato. Él se levanta, va hacia la barra y vuelve con un par de cervezas. Bebe más de la mitad de una de ellas de un trago y agacha la cabeza, como si estuviera concentrado buscando algo junto a sus pies. Le gusta hacer eso, actuar como si fuera el personaje de una película. Ella mira a través de la empañada ventana la llanura mojada por la lluvia, atravesada violentamente por una vena asfáltica. Con la manga de su bonito jersey amarillo –por lo menos una talla más grande que la suya- borra las palabras antes escritas dejando el vidrio transparente, lo que le permite ver la verdadera intensidad de esa llanura y su interminable herida. Le mira y no parpadea, durante segundos, tal vez un minuto. Pero no encuentra sus ojos, demasiado ocupados en seguir desarrollando su papel, el que se ha preparado para este drama. Escrito y dirigido por él. De nuevo la vista en la ventana. Un perro vagabundo, empapado, mordisquea una lata de refresco; dos hombres con enormes sombreros cambian la rueda de un coche herrumbroso bajo la fina lluvia; una mujer con una minifalda, bajo el pequeño tejado de un viejo cobertizo, contonea sus caderas mostrando su género caduco.
Comienza a sonar en la máquina de discos una canción de Pearl Jam cuando la cerveza se queda vacía. Ella no ha dejado de mirar a través de la ventana, comprobando cómo el vidrio volvía a empañarse, convirtiendo poco a poco a la llanura en una suerte de paisaje fantasmagórico. Pero ahora ya no habría podido ni escribir su propio nombre. La cafetera se escucha por encima de la música, por encima de todo. Ese chirrido estridente. Vuelve a levantarse a por cerveza a la barra. Allí, de pie, un hombre sorprendentemente pequeño devora un bocadillo mientras con el pie sigue el ritmo de la música. Le mira con ojos desafiantes y a el le viene a la mente una honda disparando una piedra. Al volver, ella ya no esta allí, sólo su jersey doblado sobre el asiento. El gesto de contrariedad quiere ser de Sean Penn, pero se queda en Jim Carrey. Se sienta de nuevo, da un largo y solemne sorbo a la botella y, con todo el dramatismo que puede acumular, escribe en la ventana empañada “es tan difícil saber ser feliz...”.
Publicado en Magazine Siglo XXI
Escuchando: Pesadilla en el parque de atracciones - Los Planetas
Comienza a sonar en la máquina de discos una canción de Pearl Jam cuando la cerveza se queda vacía. Ella no ha dejado de mirar a través de la ventana, comprobando cómo el vidrio volvía a empañarse, convirtiendo poco a poco a la llanura en una suerte de paisaje fantasmagórico. Pero ahora ya no habría podido ni escribir su propio nombre. La cafetera se escucha por encima de la música, por encima de todo. Ese chirrido estridente. Vuelve a levantarse a por cerveza a la barra. Allí, de pie, un hombre sorprendentemente pequeño devora un bocadillo mientras con el pie sigue el ritmo de la música. Le mira con ojos desafiantes y a el le viene a la mente una honda disparando una piedra. Al volver, ella ya no esta allí, sólo su jersey doblado sobre el asiento. El gesto de contrariedad quiere ser de Sean Penn, pero se queda en Jim Carrey. Se sienta de nuevo, da un largo y solemne sorbo a la botella y, con todo el dramatismo que puede acumular, escribe en la ventana empañada “es tan difícil saber ser feliz...”.
Publicado en Magazine Siglo XXI
Escuchando: Pesadilla en el parque de atracciones - Los Planetas
martes, febrero 17, 2009
Fe
Si el alma pesa veintiún gramos, ¿cuánto pesa mi fe?, se preguntaba Ray sentado en el puente, balanceando los pies en el vacío. Y no se refería a ningún tipo de fe relacionada con asuntos teológicos, ni mucho menos. Sino más bien a una fe en lo que le rodea, en lo más cercano, en el día a día, en el seguir confiando. Ya apenas recuerda cuando empezó a sentarse al sol y a decirse vamos, las rachas no son eternas, algo bueno está a la vuelta de la esquina, todo termina por enderezarse. A tener fe. Ahora se siente dando un paso al otro lado de la línea, pasándose al ateísmo. Cada vez sale menos ese sol que le invita a pasear por cualquier calle, solo, con un libro bajo el brazo, desenterrando esperanzas para continuar equis días más. Así que pasa los días en su pequeño escondite, lo que reduce sensiblemente su contacto con el exterior, con otras personas. Algo que, por otra parte, no le resulta ningún problema dada la pereza que le supone tratar de tender puentes. La incomunicación es la religión de este nuevo siglo. A Ray, en estos momentos, no le cabe ninguna duda.
Escuchando: I'm outta time - Oasis
Escuchando: I'm outta time - Oasis
jueves, febrero 05, 2009
Estupor
Ray ha dejado de comprender muchas cosas y otras tantas le provocan un miedo atroz. Así, se pone a temblar como una hoja cada vez que piensa en el paso del tiempo y en cómo éste va desgastando a sus seres queridos, los días de vendaval sale a la calle con piedras en los bolsillos y huye de cualquier gato que se encuentre en su camino. Así se ha vuelto su vida y, por mucho que él lo intente, así ha de seguir hasta el final de sus días. Todo lo que le rodea, lo que oye, lo que ve, le deja aturdido. Por ejemplo, no entiende cómo una sacrosanta institución llena de faltas y abusos se autoproclama reguladora del bien y del mal. Trata de asimilar el hecho de que se catalogue a los muertos como de primera y segunda dependiendo de lo que a su interesada creencia le convenga. Para él es hipocresía, pero a quién le importa la opinión que pueda tener. Tampoco comprende que sus actitudes sean tan diametralmente opuestas a ese libro que les guía y que les ha convertido en lo que son. Redundantemente hipócrita según él, pero qué va a decir alguien a quien los truenos le hacen esconderse bajo la mesa. Se queda boquiabierto cuando ve que intentan poner su moral por encima de la de los demás guiados por una luz que han hecho exclusivamente suya, ignorando la basura que ellos acogen en su interior, que en muchos casos abraza la criminalidad. Para él es la mayor incoherencia que ha conocido. Pero quizás sólo sea cuestión de su cabeza, que últimamente no funciona demasiado bien. De este modo pasa los días Ray, a medio camino entre el temor y el estupor, pensando que todo ha terminado por moverse demasiado rápido. Al menos para él.
Escuchando: A place called home - PJ Harvey
Escuchando: A place called home - PJ Harvey
jueves, enero 29, 2009
Conciencia
Tumbado en la cama, la habitación en penumbra, forma con su cigarro aros de humo que ascienden hasta confundirse con la negrura. El silencio sólo es levemente roto por la respiración del cuerpo que duerme a su lado. Ahora tan extraño, tan ajeno. No se siente cómodo ahí, un cuarto que, de buenas a primeras, se ha tornado deprimente. Pero, en el fondo, él sabe que no es el lugar. No. Que lo que oprime sus sienes no es la ausencia de luz o el cuadro que a duras penas vislumbra en la pared, sino un sentimiento creciente y despiadado que comienza a rajarle el disfraz. La conciencia, más devastadora que nunca, de que es un traidor, de que todo aquello que elevó a la categoría de máxima yace ahora bajo sus pies, pisoteado. Apaga el cigarro y, al desparecer el pequeño punto rojo de su ascua, se sume en una tristeza total, incapaz no sólo de encontrar el camino, sino de ver alguno. Y todo porque ha abandonado el que trazó, se ha salido de él en pos de algo que sabe que es momentáneo y caprichoso. Egoísta. Algo que, además, le dejará sin brújula y, lo que es peor, vacío por dentro.
Escuchando: Down in the past - Mando Diao
Escuchando: Down in the past - Mando Diao
jueves, enero 15, 2009
Mensajes
¿Qué dirían si supieran que sigo guardando todos aquellos mensajes tuyos en el móvil, y que de vez en cuando los repaso con el ansia del primer día? Pues es verdad, y también lo es que los contesto, más de una vez, aunque no los mande. Les cambio las palabras a los que sí envié, el sentido, haciendo que dejen de significar lo que significaron, convirtiéndolos en otra cosa. E imagino lo que hubiera pasado con estas nuevas letras en lugar de las que mandé. Porque una frase, una palabra, es un arma cargada, como decía aquél, y una vez disparada no tiene marcha atrás. Eso es algo que todos deberíamos tener en cuenta siempre. Y es que después sólo queda la oportunidad de fantasear y retorcer los recuerdos hasta el infinito, convirtiendo el pasado en un presente enfermizo.
Escuchando: Street spirit (Fade out) - Radiohead
Escuchando: Street spirit (Fade out) - Radiohead
lunes, enero 12, 2009
Adicción
Acurrucada contra un muro, la cabeza entre las piernas. Llora, siempre llora, porque la pena le atenaza una vez desaparecido el orgasmo inicial. Sombras que se deslizan desde una cuchara calentada a duras penas por un mugriento mechero. Pequeñas burbujas metálicas que se derraman en su interior descontándole vidas, sonrisas, abrazos. Siempre el arrepentimiento, la conciencia de la caída, el saberse incapaz de no volver a precipitarse al vacío. Y la certidumbre de que en unas horas volverá a enloquecer, regresará la obsesión por saciar ese ansia compulsiva. Pero en esos pocos minutos de lucidez, sentada en cualquier acera, de cualquier barrio, aterida de frío, en los huesos, recuerda cuando nada era así. Los momentos en que aún no le había jodido la vida a nadie, cuando su madre todavía no se había consumido en lágrimas y búsquedas desesperadas por toda la ciudad. Cuando aún le daban miedo las jeringuillas.
Escuchando: Más de una vez - Iván Ferreiro
Escuchando: Más de una vez - Iván Ferreiro
jueves, diciembre 18, 2008
Tokyo
Le encanta sentarse en el banco del parque. A media tarde, cuando el sol comienza a ponerse perezoso. Allí cierra los ojos y se imagina que está en Tokyo. Con sus miles de luces de neón en todas las esquinas de la ciudad; con sus enormes pantallas de televisión en las fachadas de los gigantescos edificios. Y canta canciones en un karaoke desde el que se divisa toda la ciudad. Todas las imágenes son como viñetas de un manga, como si alguien las pintara para ella. Lo vive, aunque nunca haya estado allí. Al menos físicamente. Acodada en la barra de un minúsculo bar disecciona con la mirada a la gente. Tan distinta a ella. Tan distinta a todos. Y siempre es de noche. En su Tokyo el sol no se encuentra en la ciudad. La luz está conformada a base de grandes destellos luminosos, de faros de miles de coches, de carteles de clubs y tiendas de todo tipo. Y hay mucha gente. Personas que recorren la urbe formando auténticas riadas. Es una ciudad en ebullición. Sin freno. Colecciona misterio. Al final abre los ojos y todo se desvanece tan despacio que puede paladearlo un instante más. Guardar las sensaciones para poder recobrarlas al día siguiente, en el mismo banco, desde ese punto y seguido.
Escuchando: Cigarettes - Russian Red
Escuchando: Cigarettes - Russian Red
jueves, diciembre 11, 2008
Desaparecidos
Ahora fuma un fortuna tras otro en el cómodo sillón de una residencia de primera, con todas sus necesidades cubiertas. Pasa las horas muertas, masticando un secreto ya duro como una piedra. Nunca lo hubiera imaginado, más aún después de cómo sucedieron las cosas. Pasar sus últimos momentos en libertad, lejos de las acusaciones y los insultos. Libre. Olvidado. Nunca tuvo duda de la importancia que su trabajo tenía, y lo llevó a cabo con entrega y dedicación. Nada de contemplaciones. En aquel trozo de terreno, en aquel caserón, lejos de la ciudad. Algunos le llamaban mano de hierro. No puede evitar que una sonrisa aún se dibuje en su rostro.
Por aquella precaria instalación pasaron personas de todas las edades. A todas se les dio el mismo trato. Hombres, mujeres. Primero la habitación. Eficaces métodos para desmoronar resistencias subversivas. Llantos, gritos, vómitos. Él sereno, amenazador, pitillo en mano, pie en tierra. Elementos inservibles y dañinos. Un muro frío, aislado, comido por las malas hierbas. Salpicado por miles de pequeños agujeros. Una ráfaga y fin de la historia. Después a la fosa. Una cerilla. Otra vez ese olor tan desagradable. Capaz de retar a la conciencia. La idea fue suya. Un cuerpo, un neumático. Perfecto.
En la sala, con un ventanal hacía el campo, más de treinta años después, se recrea una vez más en la idea de que la impunidad es el premio concedido a su impagable tarea. El tronco de la conciencia, tieso como antaño. Inasequible a los ataques y a los intentos de convertir todo aquello en un crimen. ¿Un crimen? Sólo hizo lo que debía. De vez en cuando, una pequeña luz de arrepentimiento: debió usar una forma más efectiva. Hacer desaparecer para siempre los huesos. “Sos un boludo”.
Escuchando: Human - The Killers
Por aquella precaria instalación pasaron personas de todas las edades. A todas se les dio el mismo trato. Hombres, mujeres. Primero la habitación. Eficaces métodos para desmoronar resistencias subversivas. Llantos, gritos, vómitos. Él sereno, amenazador, pitillo en mano, pie en tierra. Elementos inservibles y dañinos. Un muro frío, aislado, comido por las malas hierbas. Salpicado por miles de pequeños agujeros. Una ráfaga y fin de la historia. Después a la fosa. Una cerilla. Otra vez ese olor tan desagradable. Capaz de retar a la conciencia. La idea fue suya. Un cuerpo, un neumático. Perfecto.
En la sala, con un ventanal hacía el campo, más de treinta años después, se recrea una vez más en la idea de que la impunidad es el premio concedido a su impagable tarea. El tronco de la conciencia, tieso como antaño. Inasequible a los ataques y a los intentos de convertir todo aquello en un crimen. ¿Un crimen? Sólo hizo lo que debía. De vez en cuando, una pequeña luz de arrepentimiento: debió usar una forma más efectiva. Hacer desaparecer para siempre los huesos. “Sos un boludo”.
Escuchando: Human - The Killers
martes, diciembre 02, 2008
Septiembre
Me enteré de que M había desaparecido justo en el momento en que la segunda torre se venía abajo. Quizás por ese motivo lo recuerdo todo con una tremenda claridad. Las sensaciones. La incredulidad. Llamó J cuando el presentador del telediario era incapaz de transformar en palabras lo que estaba sucediendo. Después de colgar, el plato de macarrones continuó ahí, sobre la mesa. En la pantalla, una y otra vez, puntos negros cayendo desde las alturas acristaladas, como si fuera un juego de consola. Hacía calor. Supe que ya no vería más a M. Corazonadas. El teléfono sonaba sin parar. Imaginé más de una vez que podía pasar. La falta de aire es el peor enemigo de las almas libres. Las cifras comenzaban a aumentar. Desconcierto. Ahora la isla era una nube de polvo en mis pupilas. A M siempre le gustaron los helados y las noches de otoño. Aquella tarde tuve claro que se había ido como llegó. En los canales, sólo muerte y rabia; en la calle, sol y niños jugando. R y S vinieron a casa, hicieron preguntas, bebieron vino, se marcharon. Yo no hice nada. M era como una de esas torres. Ninguno le volveríamos a ver. Probablemente conoceríamos a más gente, intentaríamos encontrarle en otros flequillos, en otros vaqueros, en otra pose de músico atormentado. Entonces, la imagen de aquel avión estrellándose contra el coloso hecho de espejos. Tan irreal. Y después, por fin, las lágrimas.
Escuchando: This modern love - Bloc Party
Escuchando: This modern love - Bloc Party
martes, noviembre 25, 2008
Gris
“Mi vida fuimos a volar con un solo paracaídas.
Uno solo va a quedar volando a la deriva”.
Una valla metálica que separa todo de la vía del tren. Dos raíles oxidados invadidos por la mala hierba, siempre húmeda por el rocío constante. Apenas pasa un tren al día, uno de mercancías, amarillo, lento, como perezoso. El maquinista siempre me ve asomado a este balcón, acodado en la barandilla. Me mira con desconfianza, sin simpatía. Un par de niños que sortean la valla a través de un agujero juegan a tirar piedras a las ventanas de mi destartalado edificio. El vagabundo, fiel a su cita, escarbando en los contenedores, amasando bolsas de basura con nombres de supermercado. Ávido por encontrar su mundo, perdido en las brumas líquidas. Quizás ahí esté la solución. Busco el mechero y enciendo un cigarro. Observo como las volutas de humo se mezclan con la neblina. Vecina constante. Más allá, en el horizonte, líneas de casas. Cientos, miles, de edificios fantasmagóricos rompiendo las nubes, como enormes gigantes de otra época imaginada. Tiempo por delante y por detrás. Detenido. Agobiante. Enterrado en vida. Una sombra acechando desde la barandilla. Una vida estrangulada por el gris.
Escuchando: Pequeño rock & roll - Quique González
miércoles, noviembre 05, 2008
Monstruos
Ella piensa que son sus ojos. Que le duele porque le mira, porque fija sus pupilas hasta que supuran los lagrimales. Y muchas noches no puede dormir y abraza fuerte la almohada mientras un miedo atroz le agarra los tobillos. Lo recuerda bien, las noches en aquella casa de enormes ventanales, cuando estrechaba con fuerza su muñeca para que el monstruo del armario no se la llevara y la dejara allí sola, perdida otra vez. Ahora es igual y la respiración le traiciona cuando está lejos, cuando sus pupilas no pueden hacer blanco. Porque una foto no es lo mismo. No lo es. Sabe que llorar para no llorar no tiene buena pinta, igual que el miedo a perder para no perder. Pero no lo puede evitar porque cree que el monstruo ya no habita en aquel armario y puede estar en cualquier lugar, acechando su felicidad, esperando para arrancarle el nuevo hilo que la ata al mundo.
Escuchando: Time is running out - Muse
Escuchando: Time is running out - Muse
jueves, octubre 23, 2008
Bloqueo
La culpa de todo la tuvo la corbata. ¿Qué hacía ahí, colgando de su cuello, flácida, de ese ridículo color naranja salmón? ¿Qué sentido tenía? Es difícil imaginar cómo se puede pasar de la incomprensión del sentido de una simple corbata a la desorientación vital más absoluta. Pero eso fue lo que le ocurrió a Ray mientras terminaba de rellenar de palomitas uno de esos combos de cartón. Se quedó parado, con la pala de metal en la mano, perdido en un punto intermedio entre su sitio y el de la cuarentona con gafas que le observaba perpleja desde el otro lado del mostrador. Ni siquiera el empujón de su jefe, alertado por la mujer, y por toda la cola de gente, que ya alcanzaba la puerta y, por extensión, la plaza en la que desembocaba, le movió ni un ápice (mentalmente, se entiende). Era como si algo en su interior se hubiera desconectado, dejándolo sin alimentación. La gente comenzó a arremolinarse alrededor del mostrador, curiosos, como si estuvieran ante la jaula de un animal en el zoo. El jefe, con ojos de alucinado, comenzó a zarandearle mientras le gritaba órdenes cada vez más atropelladas que no obtuvieron ninguna respuesta, ni física ni verbal. En el momento en que la situación comenzaba a parecerse a una escena de una película de Berlanga, Ray abrió la boca para decir algo. El silencio se hizo absoluto y todos contuvieron la respiración mirándole con los ojos como platos a la espera de una explicación. Lo que escucharon a continuación no se le olvidará a más de uno en el resto de su vida: “Las quieres con sal o sin sal”.
Escuchando: Bujías para el dolor - Enrique Bunbury
Escuchando: Bujías para el dolor - Enrique Bunbury
viernes, octubre 17, 2008
Coyote
La paciencia es un bien valioso pero escaso. Eso piensa mientras se tumba en la cama y aprieta el botón de encendido del mando a distancia. En la televisión aparece un viejo episodio del Coyote y el Correcaminos que no ha visto. Encuentra gracioso que, como en su propia vida, eso importe poco porque, al fin y al cabo, ya conoce el final. Mientras apura el vaso de whisky desea con todas sus fuerzas que el dichoso bicho con alas se rompa una pata o tropiece con una de esas rocas que salpican el camino y, de una vez por todas, el Coyote consiga comérselo, sin concesiones, con violencia, haciendo justicia por fin. Pero sabe que no será así porque hay finales escritos que no se pueden cambiar, que son invariables pase el tiempo que pase. Así que se levanta y se sirve otra copa. Ya conoce el final.
Escuchando: Standing next to me - The Last Shadow Puppets
Escuchando: Standing next to me - The Last Shadow Puppets
viernes, septiembre 26, 2008
En un segundo
En la calle llueve de forma torrencial cuando Elena sale de su casa y se dirige a la parada del autobús. Encima es lunes, piensa mientras esquiva un enorme charco. Ha pedido la mañana libre porque tiene una cita con el médico. Le pesa el mundo y lo último que quiere es tener que estar esperando un par de horas en la asfixiante sala de espera del ambulatorio. En la parada coincide con gente como ella, trabajadores legañosos, con la vista perdida en el pavimento y sin un ápice de ilusión en su gesto. Durante el trayecto en el atestado autobús, a Elena le entran ganas de vomitar. Pero no es una necesidad procedente de un malestar físico, sino anímico. Le pesa el mundo y le duele el alma.
El autobús le deja frente a la puerta del edificio, blanco y aséptico como su interior. Pese a saberlo, el hecho de encontrarse la sala de espera abarrotada no hace sino empeorar su ánimo y su estado. Un mareo aprieta su estómago como un puño cerrado. Sentada en una silla de plástico duro, naranja como una bombona de butano, espera su turno mientras observa un reloj de esfera perfecta colgado frente a ella. Las manijas avanzan tan lentas que cree que el tiempo se ha detenido. Alrededor de ella, casi todos son ancianos que se cuentan unos a otros sus múltiples dolencias, entrando en un concurso para discernir a quién es al que más le duele.
Tras algo más de una hora, Elena entra en la consulta. No está su doctora, sino un hombre de unos cincuenta años, enjuto hasta la endeblez y con unas gafas de metal en sintonía con él. Tras explicarle el porqué de su visita y verle un par de minutos tecleando en su ordenador, le observa torcer el gesto y levantarse de su silla. Acompáñeme, le escucha decir Elena mientras le guía hacía una sala anexa a la consulta. No entiende a qué viene todo aquello y pregunta insistentemente si ocurre algo mientras entran en la nueva estancia, pequeña y consistente sólo en una mesa de madera artificial con dos sillas, una a cada lado. El hombre, con un gesto tan educado como lento, le indica que se siente en la más cercana. Ella escruta su rostro, intentando descubrir qué esconde dentro de esa menuda cabeza. Los nervios y la incertidumbre empiezan a aumentar la intensidad de sus náuseas. El médico mira por unos instantes al suelo, como si hubiera perdido algo que necesita con urgencia. Entonces, levanta rápido la cabeza, como un ave, y se dirige a Elena: “Señora padece usted un cáncer de estómago”.
La cara de su abuelo, sonriendo sentado en el porche de su casa en el pueblo, con su chaqueta negra de lana, es lo primero que le viene a la mente de una forma transparente, como si de verdad lo tuviera delante. Después siente una calma extraña, una insensibilidad totalmente incompatible con el momento que le lleva a cerrar los ojos y abandonarse en la oscuridad. Tras un rato imposible de cuantificar, se levanta de forma delicada de la mesa y, en el momento en que el doctor intenta retomar la conversación, se lleva el dedo índice a los labios y con una mueca de complicidad abre la puerta. “No diga nada más doctor. No hay nada que decir”.
Escuchando: On the Floor - We are Standard
El autobús le deja frente a la puerta del edificio, blanco y aséptico como su interior. Pese a saberlo, el hecho de encontrarse la sala de espera abarrotada no hace sino empeorar su ánimo y su estado. Un mareo aprieta su estómago como un puño cerrado. Sentada en una silla de plástico duro, naranja como una bombona de butano, espera su turno mientras observa un reloj de esfera perfecta colgado frente a ella. Las manijas avanzan tan lentas que cree que el tiempo se ha detenido. Alrededor de ella, casi todos son ancianos que se cuentan unos a otros sus múltiples dolencias, entrando en un concurso para discernir a quién es al que más le duele.
Tras algo más de una hora, Elena entra en la consulta. No está su doctora, sino un hombre de unos cincuenta años, enjuto hasta la endeblez y con unas gafas de metal en sintonía con él. Tras explicarle el porqué de su visita y verle un par de minutos tecleando en su ordenador, le observa torcer el gesto y levantarse de su silla. Acompáñeme, le escucha decir Elena mientras le guía hacía una sala anexa a la consulta. No entiende a qué viene todo aquello y pregunta insistentemente si ocurre algo mientras entran en la nueva estancia, pequeña y consistente sólo en una mesa de madera artificial con dos sillas, una a cada lado. El hombre, con un gesto tan educado como lento, le indica que se siente en la más cercana. Ella escruta su rostro, intentando descubrir qué esconde dentro de esa menuda cabeza. Los nervios y la incertidumbre empiezan a aumentar la intensidad de sus náuseas. El médico mira por unos instantes al suelo, como si hubiera perdido algo que necesita con urgencia. Entonces, levanta rápido la cabeza, como un ave, y se dirige a Elena: “Señora padece usted un cáncer de estómago”.
La cara de su abuelo, sonriendo sentado en el porche de su casa en el pueblo, con su chaqueta negra de lana, es lo primero que le viene a la mente de una forma transparente, como si de verdad lo tuviera delante. Después siente una calma extraña, una insensibilidad totalmente incompatible con el momento que le lleva a cerrar los ojos y abandonarse en la oscuridad. Tras un rato imposible de cuantificar, se levanta de forma delicada de la mesa y, en el momento en que el doctor intenta retomar la conversación, se lleva el dedo índice a los labios y con una mueca de complicidad abre la puerta. “No diga nada más doctor. No hay nada que decir”.
Escuchando: On the Floor - We are Standard
lunes, septiembre 15, 2008
Isobaras
Si lo tienes en la mano, para qué lo sueltas. Para qué te arriesgas a que aprenda a volar y no regrese. Es lo que se pregunta sentado en ese balancín color azul cobalto en el centro del parque. La mano se desplaza lentamente, marcando un semicírculo en el aire que desprende aroma a café y galletas, hasta rozar su mejilla. Lo hace con una delicadeza que le eriza hasta el último pelo de su cuerpo. El recuerdo es tan claro como el cielo sobre su cabeza, pese a que aquel hombre oscuro y desagradable predijo en el telediario que llovería. Todo el mundo se equivoca, claro. Hasta él. Porque abrir la mano y soplar fue un error tan grave como interpretar mal las isobaras. Y ahora se mira los pies y los ve excesivamente pequeños, y tiene miedo de levantarse, no vaya a ser que no le sostengan.
Escuchando: Read my mind - The Killers
Escuchando: Read my mind - The Killers
jueves, septiembre 11, 2008
Jack
Jack era un tipo muy antisocial, gruñón y bastante desagradable. Se pasaba las horas en su taller y, cuando echaba el cierre, se metía en su casa para no volver a salir más hasta la mañana siguiente. Tuvimos muchos altercados con él porque ponía la música muy alta y despertaba a la niña. Más de una vez las ruedas de nuestro coche aparecieron rajadas, o las ventanas cubiertas de barro. Nunca dudamos de que había sido él. Pero a mí marido y a mí nos daba demasiado miedo, con aquella pose suya de pistolero. Me cayó mal desde el primer día en que apareció en el barrio, aquella mañana en la que llegó con su sucia camioneta. Yo le calé al primer vistazo.
Me acosté con él en más de una ocasión. Hace mucho de aquello. Le había visto alguna vez por el bar y le había servido más de un whisky. Rápido me fijé en cómo me miraba las tetas. Me gustó su cicatriz en la barbilla, era morbo lo que sentía, sí, ahora estoy segura. Siempre fue en mi casa porque nunca permitió, y en ningún momento me quiso decir por qué, que fuéramos a la suya, pese a que le avisé de que en cualquier momento podría aparecer mi marido. Pues le mataré, me decía. Nunca le creí.
Conocí a Jack en mi primer viaje a Texas. Por aquel entonces yo era un comercial de una empresa de alimento para ganado que se ganaba la vida viajando de manera continua de un lado para otro. Con una carpeta negra bajo el brazo iba por todas las granjas de la zona que me hubiera tocado intentando convencer al lugareño en cuestión de que, con nuestros productos, sus reses serían las más grandes y sanas. Siempre había querido para mí esa libertad, esa sensación de apátrida que me acompañaba por aquel entonces. Pues bien, aquella noche, cuando le conocí, le vi matar a sangre fría a un pobre anciano. Sin dudar, sin pestañear, con sus propias manos. Desde entonces tengo pesadillas. Sueño que se cuela en mi habitación y me estrangula con sus sucias manos.
El desgraciado me robó aquella noche. Debió hacerlo cuando yo me marché. A la mañana siguiente la ventana de mi despacho estaba rota y el dinero que yo guardaba detrás de la librería había desaparecido. El muy cabrón debía de haberme estado espiando. Me tuve que haber fiado de mi primera impresión, cuando entró con ese ridículo sombrero que se ponía siempre. Tenía aspecto de perro apaleado, y nunca me han gustado, se las saben todas y jamás vuelven a aceptar una mano tendida. Debí cortármela antes de ofrecérsela.
Escuchando: Te favorece tanto estar callada - Niños Mutantes
Me acosté con él en más de una ocasión. Hace mucho de aquello. Le había visto alguna vez por el bar y le había servido más de un whisky. Rápido me fijé en cómo me miraba las tetas. Me gustó su cicatriz en la barbilla, era morbo lo que sentía, sí, ahora estoy segura. Siempre fue en mi casa porque nunca permitió, y en ningún momento me quiso decir por qué, que fuéramos a la suya, pese a que le avisé de que en cualquier momento podría aparecer mi marido. Pues le mataré, me decía. Nunca le creí.
Conocí a Jack en mi primer viaje a Texas. Por aquel entonces yo era un comercial de una empresa de alimento para ganado que se ganaba la vida viajando de manera continua de un lado para otro. Con una carpeta negra bajo el brazo iba por todas las granjas de la zona que me hubiera tocado intentando convencer al lugareño en cuestión de que, con nuestros productos, sus reses serían las más grandes y sanas. Siempre había querido para mí esa libertad, esa sensación de apátrida que me acompañaba por aquel entonces. Pues bien, aquella noche, cuando le conocí, le vi matar a sangre fría a un pobre anciano. Sin dudar, sin pestañear, con sus propias manos. Desde entonces tengo pesadillas. Sueño que se cuela en mi habitación y me estrangula con sus sucias manos.
El desgraciado me robó aquella noche. Debió hacerlo cuando yo me marché. A la mañana siguiente la ventana de mi despacho estaba rota y el dinero que yo guardaba detrás de la librería había desaparecido. El muy cabrón debía de haberme estado espiando. Me tuve que haber fiado de mi primera impresión, cuando entró con ese ridículo sombrero que se ponía siempre. Tenía aspecto de perro apaleado, y nunca me han gustado, se las saben todas y jamás vuelven a aceptar una mano tendida. Debí cortármela antes de ofrecérsela.
Escuchando: Te favorece tanto estar callada - Niños Mutantes
lunes, septiembre 08, 2008
Certezas
Cuando suena el cierre debajo de mi ventana significa que el día ha comenzado. No lo marca la salida del sol, ni la marcha de la oscuridad, sino ese hombre con bigote abriendo su cafetería. Pienso en lo extraño del hecho de identificarse hasta esos extremos con un sonido que se convierte en habitual, en un elemento más de tu panorama. Y la clave es la repetición, la costumbre. Y, a fuerza de ella, uno acaba teniendo certezas que entierran hipótesis. Me gusta pensar que estas certezas sólo tienen una lectura positiva, que lejos de ser un problema pueden ser una solución. Los domingos este barrio es muy familiar. Padres e hijos aprovechan para pasear al amparo de estos últimos rayos de un septiembre que ya coquetea con el viento. Con el periódico bajo el brazo apuran los últimos minutos antes de pensar en papeles, atascos y la vuelta a la realidad que significa cualquier lunes. Yo, mientras corro de nuevo la cortina, sé que tengo otra certeza más.
Escuchando: Normandie - Shout Out Louds
Escuchando: Normandie - Shout Out Louds
lunes, septiembre 01, 2008
La dama muerta
Sentir que la noche se dobla, como una servilleta, en dos mitades idénticas, sobre ti, sobre todo. Y su peso aumenta y aumenta. Pesa infinitamente más de lo que recordabas. Mucho más que la última vez. Lo dulce, lo salvaje, lo estimulante se torna dañino, depresivo, tedioso. Vierte la memoria caras dolorosas como punzadas en lo más oscuro del alma, dentelladas a un presente humillado por el pasado. Ha derivado de refugio seguro y fiel en recipiente de frustraciones y deseos obsesivos. Ha escondido las estrellas y las ha sustituido por sombras desvaídas, oscureciendo sin concesión todos los caminos. Pierde por siempre su espíritu único a favor de una monotonía de instantes cada vez más prescindibles. Dicen que la mató el mismo que liquidó a la esperanza.
Escuchando: Ciudadano A - Iván Ferreiro
Escuchando: Ciudadano A - Iván Ferreiro
martes, agosto 12, 2008
Fácil
Cuando llegó a esta ciudad, estaba huyendo y lo sabía. Pero no le importaba porque no tenía duda de que era la única opción que le quedaba, o que quizás le habían permitido tener. Así que, y ahora lo tenía más claro que nunca, fue la mejor opción, pese a lo que hubiera podido ocurrir si no lo hubiera hecho. Ahora, sabe bien que todo lo que tiene es un regalo: su pequeño apartamento céntrico, sus zapatillas amarillas con los cordones blancos, la americana algo raída pero elegante, el monótono trabajo vendiendo fruta en la tienda del barrio. Sí, no hay duda, es un privilegiado. Así que prefiere no complicarse la vida. Lee y escucha música a todas horas. Todo lo que cae en sus manos. A veces lo comparte con su vecino de portal, dos pisos más abajo. Es con el único con el que pasa algo de tiempo, casi siempre en el bar, o en los bancos de la plaza, bebiendo cerveza y despellejando a los modernos que se creen que han inventado todo esto. Nada más, porque huye de las complicaciones como el que se esconde en un bunker a la espera de que pase el ataque. Y sabe perfectamente en que forma se presentan, sabe muy bien cuáles son sus nombres y su tipo de oratoria. La vida es mucho más fácil y hace mucho tiempo que se dio cuenta.
Escuchando: No puedo más contigo - Niños Mutantes
Escuchando: No puedo más contigo - Niños Mutantes
lunes, agosto 04, 2008
Fragmentos
Mientras cepilla sus botas negras, Andy piensa en los trenes y en la idea de que el bueno sólo pasa una vez y, cuando lo hace, nunca vuelve. Hace tiempo que él ha admitido que el suyo lo perdió, pero también tiene claro que ya no hay arreglo, por lo que desestimó desde el primero momento ir buscándolo por estaciones desconocidas. Así que cogió sus cosas y se lanzó a la carretera a hacer autostop. El imprevisible destino, o quizás el azar, le llevaron hasta Ucrania. Ahora, mientras cepilla sus botas, ve a través de la ventana la helada estepa, tan distinta a lo que dejó atrás.
Parada frente al espejo, desnuda, se coloca y descoloca el pelo. Tiene en la mente cómo era y ahora trata de conseguir ese peinado que solía llevar, aquél con el que se paseaba por el campus o con el que consiguió acostarse con el chico más deseado por todas. Pero no lo consigue. Lo estira, lo riza, lo vuelve a soltar. Le provoca rabia, angustia. La edad. Sus pechos ya no son turgentes, se desmoronan como dos calcetines secándose al sol. Se abraza a sí misma, se aprieta fuerte, se araña, se retuerce, trata de volver a sentirse ella. Después se masturba con más ganas que acierto y se queda tumbada en el suelo, sintiendo sus muslos húmedos, pensando que quizás fue por ahí por donde se le escapó todo.
Escuchando: Ballas en Dallas - Manos de Topo
Parada frente al espejo, desnuda, se coloca y descoloca el pelo. Tiene en la mente cómo era y ahora trata de conseguir ese peinado que solía llevar, aquél con el que se paseaba por el campus o con el que consiguió acostarse con el chico más deseado por todas. Pero no lo consigue. Lo estira, lo riza, lo vuelve a soltar. Le provoca rabia, angustia. La edad. Sus pechos ya no son turgentes, se desmoronan como dos calcetines secándose al sol. Se abraza a sí misma, se aprieta fuerte, se araña, se retuerce, trata de volver a sentirse ella. Después se masturba con más ganas que acierto y se queda tumbada en el suelo, sintiendo sus muslos húmedos, pensando que quizás fue por ahí por donde se le escapó todo.
Escuchando: Ballas en Dallas - Manos de Topo
miércoles, julio 23, 2008
Tónica
Que por la ventana sólo se vea un muro color hollín coronado por trozos de vidrios verdes ya no le importa demasiado. Ha perdido la vista desde hace tiempo. O, de otra forma, ha seleccionado lo que quiere ver. Una pequeña mesa, una silla de plástico amarillo con la marca de una tónica estampada en el respaldo y una estantería llena de botellitas de cristal con líquido de mil colores. Alrededor no tiene nada más, ni lo quiere. El murmullo de la ciudad, que se esconde al otro lado del muro, apenas se escucha, amortiguado por la distancia y el aislamiento. El problema llega el día que, a través de esa ventana casi tapiada, se cuela un balón de plástico. Es rojo y llega arrugado como una uva pasa. Los cristales del muro lo han desgarrado.
“Yo he trabajado para el partido comunista y para Danone. Las reuniones con sus líderes eran muy diferentes: los comunistas contaban con un sueño, equivocado o no, con poesía; los ejecutivos de Danone sólo pensaban en manipular a la gente para vender lo máximo posible en el menor tiempo posible”. Amén hermano francés, dijo para sí. Encendió un cigarro mientras un mendigo dejaba en su mesa una poesía garabateada en un papel gastado. Echó una mirada a aquellas líneas. Cuando estaba terminando, el mendigo extendió la mano a la vez que hacía una reverencia. Ignorándolo y deplazando el papel de la mesa, se giró y gritó: otro Tanqueray con tónica.
Escuchando: Mammoth - Interpol
“Yo he trabajado para el partido comunista y para Danone. Las reuniones con sus líderes eran muy diferentes: los comunistas contaban con un sueño, equivocado o no, con poesía; los ejecutivos de Danone sólo pensaban en manipular a la gente para vender lo máximo posible en el menor tiempo posible”. Amén hermano francés, dijo para sí. Encendió un cigarro mientras un mendigo dejaba en su mesa una poesía garabateada en un papel gastado. Echó una mirada a aquellas líneas. Cuando estaba terminando, el mendigo extendió la mano a la vez que hacía una reverencia. Ignorándolo y deplazando el papel de la mesa, se giró y gritó: otro Tanqueray con tónica.
Escuchando: Mammoth - Interpol
lunes, julio 14, 2008
Adulto
Creo recordar que era así. Tardes azules en parques amarillos. Sin más; sin menos. Horas enteras para ser llenadas de sueños y patadas a un balón. Minutos con sabor a cocacola y olor a la niña que se sienta a tu lado y a la que miras con una mezcla de extrañeza y pasión. Mente en blanco y palabras tan lejanas como vacías: préstamo, cáncer, coito, trastorno, crisis. Mundo a salvo, concentrado, delimitado, con una brújula siempre atada a tu muñeca. Son los raíles lo que me falta, ahora estoy casi seguro. Resulta imposible delimitar el momento, recortar la parte de la secuencia temporal en la que el descarrilamiento es inevitable: las guías desaparecen. Echo de menos el olor a café por la mañana, saber que mamá me iba a recoger a la salida, escuchar a papá abrir la puerta de casa, reconocerle a él y al yayo entre la gente el día del partido. Echo de menos. Ya sólo sé echar de menos.
Escuchando: Rue des Cascades - Yann Tiersen
Escuchando: Rue des Cascades - Yann Tiersen
miércoles, julio 09, 2008
Descanse en paz
Hoy ha muerto Sergio Algora. Sin duda, siempre se van los mejores...
Descansa en paz Niño Gusano.
Descansa en paz Niño Gusano.
martes, julio 08, 2008
Pisar fuerte
Vacías las manos, te las limpias. Fuerte. Con jabón. Con estropajo. No quieres ni una molécula de aquello. Te aseguras por todos los medios de que vas a poder salir a la calle a salvo, sin miedo. Ya lo has hecho otras veces, pero el fracaso ha sido tan rotundo como el posterior trauma. Así que en esta ocasión no quieres alimentar ni una duda. Pisas fuerte, con rotundidad, espalda recta, pecho fuera. Te comes las esquinas, miras penetrando. No sabes cuánto va a durar, pero te aferras a ello con todas tus fuerzas. Porque en el fondo sabes que volcarte ha sido la peor idea. Que te prefería despistado, indeciso, sin las ideas claras. Es seguro que no le gusta estar cómoda; el sufrimiento le hace vivir, la estabilidad le entierra. Y entonces sólo sabes decir que a veces ella, que a veces yo, que a veces nadie. Y que la tierra, en esta ocasión, no giró para que os encontrarais. Ni hoy, ni nunca.
Escuchando: Starlight - Muse
Escuchando: Starlight - Muse
martes, julio 01, 2008
Ventana abierta
(La ventana abierta de Natalia)No me digas cosas mientras tus labios dibujan movimientos que marcan otras palabras muy distintas. No me susurres nada mientras ese cielo se da la vuelta otra vez. No lo hagas porque me conoces mejor que nadie y sabes que los días de sol me hielan y ya ni tú puedes evitarlo. Así que mejor déjate llevar, deja que muramos en paz, sin fingir, sin volar. Porque ahora sé que hay clicks que significan algo más que un corte de luz, comprenden en sí mismos una sutura de sentimientos, taponan un flujo que te ha desangrado demasiado tiempo, debilitándote, pero que ya ha sanado de forma definitiva dejando sólo un par de pequeñas manchas rosadas que recuerdan que ahí, una vez, hubo un sentimiento que no sabía mentir.
Al abrir los ojos, la puerta estaba cerrada pero, junto a ella, había una ventana abierta. Y al otro lado se veía azul.
Escuchando: Alta fidelidad - Lori Meyers
miércoles, junio 11, 2008
Sino
Se infla y se desinfla. Sin ninguna norma establecida, sin ningún ritmo marcado. Simplemente lo hace. Es lo que permite que una mañana me levante y quiera morir abrazado a tu cintura, pero que al caer la noche los párpados no se me cierren y sólo quiera perder de vista tu cara y tu espalda. Es así de incomprensible. Porque yo siempre quise ser un brazo firme y enamorado, sin fisuras, sin tembleques. Pero hoy soy el capitán de un ejército de dudas liderado por una certeza que se empeña en desobedecerme, una y otra vez. Una certeza dolorosa, puntiaguda. Una certeza siempre relacionada contigo, y contigo, y contigo, y contigo también… Unida a todo lo que sé que nunca podré tener, porque si algo aprendí en los libros de la escuela es que el sino es inmutable e irrompible. No hay más. Ahora, la sintonía que lo envuelve todo versiona de forma sobrecogedora, revelando el estado de mi yermo interior. Una imagen del Einstein de la música y su discípulo más aventajado sentados, ejecutando a la perfección. Ellos también son presa de su sino.
miércoles, junio 04, 2008
Sentidos opuestos
Mientras la luz se filtra por los listones de la persiana pienso en cómo dos tiempos pueden correr siempre en sentidos opuestos, como si se repudiaran. La diferencia entre tu mano y mi rechazo; entre mi lágrima y tu frialdad. Es el tiempo que se desliza siempre ocultándose de la felicidad, escondiéndose de ella mientras le hace burla y le saca la lengua. Es la desilusión y la daga voladora, afilada como el borde de tu rechazo. Es la imposibilidad de lograr acompasar los pasos: siempre que yo voy tu vuelves, y nunca viceversa. Como el caminar al sol sin que tu sombra te siga porque elige el camino contrario. Siempre. Tan desesperante como correr intentando alcanzar algo y no lograrlo nunca. Nunca. Porque tú eres nunca y yo soy siempre. Tú eres derecha y yo soy izquierda. Tú eres frío y yo soy llama. Tú eres yo y yo soy tú.
Escuchando: (El amor no es lo que piensas) - Deluxe
Escuchando: (El amor no es lo que piensas) - Deluxe
lunes, junio 02, 2008
Navegar
Nadé a deshoras sobre las sábanas, húmedas por el rocío de mis ojos. Y vi muchas cosas, quizás demasiadas. Es parte de la vida –y de la muerte- remar, hundirse, volver a remar y volver a hundirse. Y así en un círculo que amenaza con eternizarse y que al fin y al cabo termina consiguiéndolo. A uno le cuesta trabajo tomar cariño a ese sube y vuelve a bajar, a esa suerte de autopista del alma. Pero todo tiene una pequeña etiqueta pegada, con unos números que marcan el inicio de su futura -o ya presente- decadencia, y si uno sabe comprender esto terminará por dominar ese submundo de las ilusiones y los besos en callejones serenos como el sueño de un niño. Conviene, pues, coger la brújula y adentrarse definitivamente, no en vano, es el sino de todos. Y no hace falta cuchillo entre los dientes, ni botas de cuero negro, basta con ser uno mismo y no mirarse sólo el ombligo, sino también el corazón. A veces se verá preocupantemente azul, pero en el siguiente recodo rojo como la sangre más pura. Quise hacerme con ello sin entender que a las noches, como a los corazones, hay que dejarlos navegar.
Escuchando: Luces de neón - Lori Meyers
Escuchando: Luces de neón - Lori Meyers
lunes, mayo 26, 2008
Devenir
Una carretera comarcal, de noche. La oscuridad engulle todo menos los faros encendidos del coche, orillado en el arcén. Dentro, Andrés permanece inmóvil, con la frente apoyada en el volante de cuero. No se escucha nada, tan sólo la naturaleza nocturna en plena efervescencia. Un mundo que es ajeno a él, por completo. En la mano izquierda sostiene un teléfono móvil y la derecha le tiembla a espasmos irregulares sobre la palanca de cambios. La luna regatea a una nube y baña de blanco el escenario.
En la maleta no va a entrar todo, y lo sabe. Así que trata de filtrar las cosas suyas que hay en esa casa, hasta ese día su isla, su fortín. No sabe muy bien qué debe llevarse y qué no. No sabe muy bien nada. Jerseys, bragas, zapatos, una fotografía que deberá cortar por la mitad después, en el tren. Un libro con una dedicatoria que ahora siente vacía, sin significado. Le parece mentira tener que estar huyendo de su sitio, de su lugar. Apátrida a la fuerza. Vértigo, nervios. Se sienta en el borde de la cama, la mirada perdida en una foto colgada de la pared dentro de un marco verde. Sus ojos azules se reflejan en el cristal que la cubre, el que salva una vida muy lejana. Demasiado.
Olor a pólvora. Fuerte, denso. Una pequeña columnita de humo, apenas visible con la poca luz reinante. El relámpago aún vibrando en las paredes, resonando a su alrededor, en su interior. De rodillas, sobre el duro y polvoriento suelo, aún con el hierro en la mano. Caliente, tanto que siente como se le clava en la carne, como si fuera una res y estuviera siendo marcado antes de volver al redil. Lo merezco, piensa, debería quemarme entero, desaparecer. Aún gotea, poco a poco, ese líquido que desde cerca parecía rojo, pero que ahora es de un negro atroz, como su interior. Como su corazón. Sólo una imagen en su cabeza: él, de pequeño, con no más de siete años, con una pistola en la mano, plateada y brillante, apuntando a otro niño. Apuntándole a la cabeza. Y disparando. Y volviendo a recargar la flechita roja de plástico. Para rematarlo.
Escuchando: 1979 - The Smashing Pumpkins
En la maleta no va a entrar todo, y lo sabe. Así que trata de filtrar las cosas suyas que hay en esa casa, hasta ese día su isla, su fortín. No sabe muy bien qué debe llevarse y qué no. No sabe muy bien nada. Jerseys, bragas, zapatos, una fotografía que deberá cortar por la mitad después, en el tren. Un libro con una dedicatoria que ahora siente vacía, sin significado. Le parece mentira tener que estar huyendo de su sitio, de su lugar. Apátrida a la fuerza. Vértigo, nervios. Se sienta en el borde de la cama, la mirada perdida en una foto colgada de la pared dentro de un marco verde. Sus ojos azules se reflejan en el cristal que la cubre, el que salva una vida muy lejana. Demasiado.
Olor a pólvora. Fuerte, denso. Una pequeña columnita de humo, apenas visible con la poca luz reinante. El relámpago aún vibrando en las paredes, resonando a su alrededor, en su interior. De rodillas, sobre el duro y polvoriento suelo, aún con el hierro en la mano. Caliente, tanto que siente como se le clava en la carne, como si fuera una res y estuviera siendo marcado antes de volver al redil. Lo merezco, piensa, debería quemarme entero, desaparecer. Aún gotea, poco a poco, ese líquido que desde cerca parecía rojo, pero que ahora es de un negro atroz, como su interior. Como su corazón. Sólo una imagen en su cabeza: él, de pequeño, con no más de siete años, con una pistola en la mano, plateada y brillante, apuntando a otro niño. Apuntándole a la cabeza. Y disparando. Y volviendo a recargar la flechita roja de plástico. Para rematarlo.
Escuchando: 1979 - The Smashing Pumpkins
martes, mayo 20, 2008
Desesperanza
Cierra los ojos por un instante, cuando ella no mira. Lo intenta con todas sus fuerzas. Se concentra con tanta energía que le duelen las pupilas. Son sólo unas palabras, se dice. Él, que las domina con facilidad. Pero no aparecen. Intenta concentrar sólo cuatro o cinco, las apropiadas, las que pronunciadas una detrás de la otra obren el milagro, cambien los sentimientos de ella, su opinión, de un plumazo. Busca que, al pronunciarlas, ese vacío que siente en el estómago diga adiós y que desaparezcan para no volver esas ganas de verterse por los lagrimales. Pero no lo consigue y deja caer su cabeza sobre el colchón, exhausto. Entonces ella se gira y sus miradas se encuentran, momento en el que a él sí le brota una palabra, sólo una: desesperanza.
Escuchando: Superman - Stereophonics
Escuchando: Superman - Stereophonics
lunes, mayo 12, 2008
Restos
Pues sí, lo escribí yo. Aunque ahora te pueda parecer mentira e incluso pienses que te estoy tomando el pelo. Sí, lo escribí yo. Y además recuerdo el día como si fuera ayer. Por entonces vosotros aún no lo sabíais, pero ya hacía tiempo que aquello se sostenía en pie por sí solo. En realidad me daba vergüenza hacerlo, ya sabes, por el qué dirán, por el miedo a que lo descubrierais todo, a que lo descubrieran todo. Pero me pareció bonito. Y, sí, lo hice. En el muro blanco que circunda el colegio de las monjas. Por la tarde, al caer el sol, con el corazón saliéndose de mi pecho, y no sólo por la situación. Aún hoy sigue allí. ¿A que es increíble? Cómo puede haberse mantenido todo este tiempo, por encima de los grafitis, del afán de limpieza de las monjitas y del tiempo, que por aquí en invierno no tiene respeto por nada. El otro día pasé por delante y lo vi. Hacía mucho que no pensaba en ello, pero fue bonito recordarlo aunque fuera por un momento. Recordé la sensación exacta que tuve mientras lo escribía: Te quiero en mi camino. Y me reconfortó. De verdad que lo hizo.
Escuchando: Yankee go home - Clap your hands say yeah
Escuchando: Yankee go home - Clap your hands say yeah
viernes, mayo 09, 2008
Soñar...
Ayer soñó que la Gran Vía volvía a amanecer llena de luces y pinos de plástico adornados; de gordos vestidos de rojo con sombreros de borla y tres tipos sobre camellos hasta arriba de regalos. Soñó que tenía de nuevo ante sí todas las posibilidades, y una chica que creía y en la que él, esta vez, sí creía. Soñó, sobre todo, que sabía identificar la oportunidad, que era capaz de darse cuenta de lo que tenía ante sí. Y no lo dejaba escapar. Lo valoraba y lo abrazaba. Pero los sueños no dan más de sí, y fuera de ellos no existen las máquinas del tiempo para que pueda reciclar todos estos meses hasta volver al punto donde pudo agarrar su destino y no lo hizo. Pero así es la vida, cosida a base de trenes desperdiciados y estaciones vacías.
Escuchando: Reckoner - Radiohead
Escuchando: Reckoner - Radiohead
martes, mayo 06, 2008
Baldosas
Al contrario de lo que podría creerse, cuando estamos vacíos no nos volvemos más livianos, sino que pesamos un quintal. En todos los aspectos. Eso es lo que siente J esa tarde. Lluvia, tráfico, paso frenético, tiendas atestadas… Todo aquello le rodea mientras él se deja llevar por el gentío. Sin dirección. Sin rumbo. Su mirada no se posa en ningún sitio, sino que flota sobre la neblina de la ciudad, deslumbrada por los faros de los coches, rápidos e ineducados como adolescentes. Ahora, frente a él, una gran pantalla monocolor muestra a un caballero, excelentemente vestido, tomando un trago de un whisky que, según el anuncio, te hará ser el más popular de la ciudad. Bendita mierda, consigue pensar, rompiendo levemente la cortina que le oprime la mente. Después se para en un soportal, limpia el agua de sus gafas con un pañuelo, se sube el cuello de su abrigo y sale de nuevo al río que enloquece a la ciudad.
La silla es dura. Es lo primero que piensa al sentarse frente a ese desconocido. Es atractivo, se reconoce después, mientras él se levanta a pedir a la barra, custodiada por una rubia con unas tetas que podrían competir con las de una vaca de los pastos gallegos. Al principio no le pareció mala idea, pero según fueron pasando los minutos y la conversación viajó por temas insulsos y vacíos, comenzó a maldecir el momento en que había aceptado la invitación. Así que, fiel a sí misma, se levantó de la silla, argumentó un mal estar general y abandonó el bar dejando tras de sí una estela tan fría como la noche que la aguardaba fuera. La reconstrucción no será fácil; nadie dijo que lo fuera.
La gota cae sin remisión. A intervalos regulares. Cada medio minuto ha calculado. El suelo está formada por baldosines idénticos, salvo por la diversidad de puntos que conforman su interior creando dibujos. Un lagarto. Un carro. Una pistola. Un preservativo. Un coche. Todo un mundo en ese suelo. La sangre comienza a subírsele a la cabeza, pero no le importa. Lo cierto es que no tiene nada mejor que hacer y si quisiera tampoco podría hacerlo. La gota sigue marcando el tiempo, con una precisión que ya quisieran para sí los suizos. Por debajo de su cabeza, pasando por encima del preservativo, una cucaracha. Del negro más puro. Avanza con poca decisión, como si en realidad no quisiera ir a ningún lado. Piensa que a lo mejor no ha reparado en su presencia y por eso no trata de huir. Intenta soplar, pero el aliento no le alcanza para tanto. Así que observa como el bicho continúa su lento caminar, más parecido a una procesión que a un simple paseo. Siete gotas después, la cucaracha ya es historia.
Escuchando: Japonesa - La Costa Brava
La silla es dura. Es lo primero que piensa al sentarse frente a ese desconocido. Es atractivo, se reconoce después, mientras él se levanta a pedir a la barra, custodiada por una rubia con unas tetas que podrían competir con las de una vaca de los pastos gallegos. Al principio no le pareció mala idea, pero según fueron pasando los minutos y la conversación viajó por temas insulsos y vacíos, comenzó a maldecir el momento en que había aceptado la invitación. Así que, fiel a sí misma, se levantó de la silla, argumentó un mal estar general y abandonó el bar dejando tras de sí una estela tan fría como la noche que la aguardaba fuera. La reconstrucción no será fácil; nadie dijo que lo fuera.
La gota cae sin remisión. A intervalos regulares. Cada medio minuto ha calculado. El suelo está formada por baldosines idénticos, salvo por la diversidad de puntos que conforman su interior creando dibujos. Un lagarto. Un carro. Una pistola. Un preservativo. Un coche. Todo un mundo en ese suelo. La sangre comienza a subírsele a la cabeza, pero no le importa. Lo cierto es que no tiene nada mejor que hacer y si quisiera tampoco podría hacerlo. La gota sigue marcando el tiempo, con una precisión que ya quisieran para sí los suizos. Por debajo de su cabeza, pasando por encima del preservativo, una cucaracha. Del negro más puro. Avanza con poca decisión, como si en realidad no quisiera ir a ningún lado. Piensa que a lo mejor no ha reparado en su presencia y por eso no trata de huir. Intenta soplar, pero el aliento no le alcanza para tanto. Así que observa como el bicho continúa su lento caminar, más parecido a una procesión que a un simple paseo. Siete gotas después, la cucaracha ya es historia.
Escuchando: Japonesa - La Costa Brava
miércoles, abril 30, 2008
There will be blood
La habitación es pequeña y apenas cuenta con una cama, una mesilla y un mueble sobre el que descansa una minúscula televisión que no tiene pensado emitir ni un guiño en forma de imagen. El suelo está cubierto por una alfombra que parece ser roja, aunque es difícil saberlo. Las paredes, de un desagradable amarillo, sólo están adornadas por un cuadro que representa una cacería de zorros, escopeta en mano. Las cortinas, rojas y gruesas como una manta, sólo dejan entrar un leve rayo de luz en el punto que se unen sus dos alas.
Allí, tumbado sobre una cama que rechina como si fuera a romperse en mil pedazos repasa los retales que aún permanecen en su memoria. Todo está bastante gris, pero los salivazos no. Lo que le recibió nada más volver a ver aquel cielo azul y tremendamente cegador. No es que él hubiera esperado aplausos y palmadas en el hombro. Sólo quería descansar, pero más mental que físicamente. Y aquello fue peor que volver a las trincheras, peor que ver a niños desangrados por las cunetas.
De repente lo que consideraba pasajero ya no lo era. Su cabeza había desconectado y las noches eran pesadillas realistas. Las granadas y ametralladoras hacían vibrar el suelo una y otra vez, de nuevo, y la sangre de aquel niño goteando inundaba sus ojos. Mientras, en la calle, la gente clamaba contra él, sólo contra él. Y por qué, lograba preguntarse en los pocos momentos luminosos. ¿No debería ser un héroe? Un héroe.
Y, ahora, su cabeza ya no distingue nada. Ante sus ojos sólo ve un punto negro que obedece a una voz que le acompaña siempre, allá donde va. Así que está en esa lúgubre habitación, con una pistola en la mano, para llegar a un acuerdo con su compañera: quitarse de en medio o, por el contrario, vengarse de todos los desagradecidos. There will be blood.
Escuchando: Rebellion (lies) - Arcade Fire
Allí, tumbado sobre una cama que rechina como si fuera a romperse en mil pedazos repasa los retales que aún permanecen en su memoria. Todo está bastante gris, pero los salivazos no. Lo que le recibió nada más volver a ver aquel cielo azul y tremendamente cegador. No es que él hubiera esperado aplausos y palmadas en el hombro. Sólo quería descansar, pero más mental que físicamente. Y aquello fue peor que volver a las trincheras, peor que ver a niños desangrados por las cunetas.
De repente lo que consideraba pasajero ya no lo era. Su cabeza había desconectado y las noches eran pesadillas realistas. Las granadas y ametralladoras hacían vibrar el suelo una y otra vez, de nuevo, y la sangre de aquel niño goteando inundaba sus ojos. Mientras, en la calle, la gente clamaba contra él, sólo contra él. Y por qué, lograba preguntarse en los pocos momentos luminosos. ¿No debería ser un héroe? Un héroe.
Y, ahora, su cabeza ya no distingue nada. Ante sus ojos sólo ve un punto negro que obedece a una voz que le acompaña siempre, allá donde va. Así que está en esa lúgubre habitación, con una pistola en la mano, para llegar a un acuerdo con su compañera: quitarse de en medio o, por el contrario, vengarse de todos los desagradecidos. There will be blood.
Escuchando: Rebellion (lies) - Arcade Fire
jueves, abril 24, 2008
Mesas
Una mesa de metal negro, al lado de un ventanal con vistas a la gran plaza llena de viejos con bastones de madera que acuchillan el tiempo como puñales oxidados. Ella los mira mientras da vueltas a la cucharilla que remueve el azúcar dentro de su negro café hasta que se disuelve por entero, pasando a convertirse en la misma cosa: un café dulce. Curiosa metáfora, piensa, mientras guarda de nuevo la foto en su cartera.
La mesa está fría, mármol blanco. El libro descansa sobre ella, robusto, sabio como pocos. Lo subraya distraídamente, al igual que el obrero coloca la masa sobre el ladrillo. Ocupando las hojas, integrales, variaciones, con y sin repetición. Fuera, el afilador toca su flautilla inconfundible. Se pregunta qué pasaría si saliera a que ese hombre roñoso le afilara el lápiz. Quizás con esa punta fuera capaz de derrotar de una vez por todas toda aquella maraña de números, de domesticarlos para convertirlos en poemas de amor o cartas sin remite.
Se ve igual aquí que allí. Es lo mismo. Igual material, igual forma, igual tamaño. Una mesa. No importa que ahora las paredes que la rodean sean de color salmón. Antes eran blancas y su aspecto era el mismo. Tampoco el aire es igual. Aquí pesa más, quizás sea por el mar, o simplemente por el mal humor. Nunca se sabe. Aquí nada es lo mismo y la nostalgia es capaz de nublar cualquier ambiente. Pero los muebles no saben de sentimientos. Si ellos pudieran hablar… Si esta mesa pudiera hacerlo.
Cuando Roads llena mi atmósfera me da igual que a través de esta podrida ventana se vean sólo tipos grises y coches de policía. Cuando Beth se lanza yo me contraigo sobre la mesa en un ovillo que no tiene nada que ver con este mundo. Ni con esta habitación. Ni con esta jodida y horrible ciudad, tan opresiva. Simplemente cuando ella canta, yo no estoy. Al menos aquí. Estoy con ella, bailando las dos en un café de aquel otro sitio. Al que me llevaste ese día y en el que, después de relatarme la teoría del caos, me hablaste de ella y me dijiste que me la ibas a presentar, aunque fuera a través de los altavoces. Sólo fue otra promesa más no cumplida. Ahora Beth es mi compañera, mi aliada. Se alistó en el ejército que formé para liquidarte, para anexionarme tu vida y dejarte fuera de cualquier cosa, para derrotarte sin concesiones. Ella me está ayudando a conseguirlo. Así que, tío, échate a temblar.
Escuchando: Krafty - New Order
La mesa está fría, mármol blanco. El libro descansa sobre ella, robusto, sabio como pocos. Lo subraya distraídamente, al igual que el obrero coloca la masa sobre el ladrillo. Ocupando las hojas, integrales, variaciones, con y sin repetición. Fuera, el afilador toca su flautilla inconfundible. Se pregunta qué pasaría si saliera a que ese hombre roñoso le afilara el lápiz. Quizás con esa punta fuera capaz de derrotar de una vez por todas toda aquella maraña de números, de domesticarlos para convertirlos en poemas de amor o cartas sin remite.
Se ve igual aquí que allí. Es lo mismo. Igual material, igual forma, igual tamaño. Una mesa. No importa que ahora las paredes que la rodean sean de color salmón. Antes eran blancas y su aspecto era el mismo. Tampoco el aire es igual. Aquí pesa más, quizás sea por el mar, o simplemente por el mal humor. Nunca se sabe. Aquí nada es lo mismo y la nostalgia es capaz de nublar cualquier ambiente. Pero los muebles no saben de sentimientos. Si ellos pudieran hablar… Si esta mesa pudiera hacerlo.
Cuando Roads llena mi atmósfera me da igual que a través de esta podrida ventana se vean sólo tipos grises y coches de policía. Cuando Beth se lanza yo me contraigo sobre la mesa en un ovillo que no tiene nada que ver con este mundo. Ni con esta habitación. Ni con esta jodida y horrible ciudad, tan opresiva. Simplemente cuando ella canta, yo no estoy. Al menos aquí. Estoy con ella, bailando las dos en un café de aquel otro sitio. Al que me llevaste ese día y en el que, después de relatarme la teoría del caos, me hablaste de ella y me dijiste que me la ibas a presentar, aunque fuera a través de los altavoces. Sólo fue otra promesa más no cumplida. Ahora Beth es mi compañera, mi aliada. Se alistó en el ejército que formé para liquidarte, para anexionarme tu vida y dejarte fuera de cualquier cosa, para derrotarte sin concesiones. Ella me está ayudando a conseguirlo. Así que, tío, échate a temblar.
Escuchando: Krafty - New Order
viernes, abril 18, 2008
Música
Sólo es cuestión de ajustarse bien los auriculares. Entonces el mundo es otro. Las mesas, los ordenadores, el jefe, la mierda que te corroe por dentro pasan a estar fuera, a cientos de años luz de ti. Porque cuando consigues meterte de lleno en una canción, hacerla tuya, logras entrar en otro mundo, vivir más allá, sentir mucho más que nadie. Realmente, eres un sentimiento. Y es cuando te das cuenta de la cruda y anodina realidad que te rodea y, sobre todo, que ese estado artificial, esa maravilla que te transporta no suele pasar de los cuatro minutos y, aunque puedas repetir, la sensación de ahogo no decrece. Te gustaría quedarte a vivir dentro, quizás en un acorde o en un timbre de voz, para siempre, en la gloria. Pero por más que lo intentas no lo consigues, y los segundos van pasando, y la música va menguando hasta que, al final, sólo queda el silencio. El mismo silencio de siempre, el mismo escenario monótono de todos los días. El mismo gris.
Te daré
Todo lo que queda bajo mi piel
Cuatro versos de un poema esquimal
Y el sol invernal
Que brilla en tus veranos
Quédate
En la ciénaga para poder ver
Que las cosas que te quise decir
Y en la tierra grabé
Se borran entre agua y lodo
Hay flores de hielo en tu cuarto
Que arrancaste de mi jardín polar
Mi sangre helada se funde
Arropada en tu abrazo tropical
No pude dar
Un cielo para poder volar
Y tiraste alas por el balcón
Pero bajo el colchón
Ocultaste un par de plumas
Descúbreme
Que la máscara caiga a mis pies
Yo también quiero saber quién soy
Y a tus labios daré
Extraños besos de boca nueva
Hay restos de mí
En tu almohada
Migajas de recuerdos en tus ojos
Deslizándose por la escarcha
Noches, días y diamantes rotos
Escuchando: Jardín polar - Sidonie
Te daré
Todo lo que queda bajo mi piel
Cuatro versos de un poema esquimal
Y el sol invernal
Que brilla en tus veranos
Quédate
En la ciénaga para poder ver
Que las cosas que te quise decir
Y en la tierra grabé
Se borran entre agua y lodo
Hay flores de hielo en tu cuarto
Que arrancaste de mi jardín polar
Mi sangre helada se funde
Arropada en tu abrazo tropical
No pude dar
Un cielo para poder volar
Y tiraste alas por el balcón
Pero bajo el colchón
Ocultaste un par de plumas
Descúbreme
Que la máscara caiga a mis pies
Yo también quiero saber quién soy
Y a tus labios daré
Extraños besos de boca nueva
Hay restos de mí
En tu almohada
Migajas de recuerdos en tus ojos
Deslizándose por la escarcha
Noches, días y diamantes rotos
Escuchando: Jardín polar - Sidonie
martes, abril 15, 2008
París mon amour

Allí está ella, sentada en la cama de su hotel pensando en si de verdad es cierto. No acaba de creerse estar en esa situación y eso le genera ansiedad. ¿Cuántas posibilidades habían de volver a sentirse así y precisamente en esa ciudad? Así que piensa que todos los astros se han conjurado para darle por fin lo que le habían estado escondiendo durante demasiado tiempo. Se acomoda en la mullida cama y deja que sus sentimientos pueblen todos los rincones de la habitación. Está en París, la ciudad de las novelas, la de la imaginación más romántica, y ella siente de nuevo ese nido de avispas en su estómago, ése que creyó jamás volvería a aparecer. Nota como los sentimientos la van colmando y, después de mucho tiempo, se encuentra tan a gusto que tiene ganas de gritarle al Sena que por fin puede ser posible de nuevo. Entonces una punzada detiene el devenir del huracán de sensaciones. Un pequeño cristal que se le clava recordándole todo lo pasado, las noches en blanco y los días en negro, y entonces se estremece y una parálisis amenaza con estropear el momento. Pero en ese instante, una ráfaga de aire agita las cortinas trayendo un sonido conocido, una voz que le susurra desde un más allá con olor a Dos de Mayo que esté tranquila, que por qué no va a ser ésta. Que se deje llevar porque los merecimientos que uno hace acaban por tener recompensa. Una sonrisa llena su rostro mientras el sueño va ganando al miedo, un sueño, en verdad una realidad, que de una vez por todas le devuelve la esperanza, las ganas y la fe en seguir sintiendo.
(Dedicado a B, esa chica tan especial que siempre está, en lo bueno y en lo malo)
Escuchando: Rompeolas - Quique González
viernes, abril 11, 2008
Limbo
Lo cierto es que no entiendo muy bien por qué lo hago, ni para qué, pero aquí estoy, en esta oscura habitación, hablando contigo como si tú de verdad estuvieras frente a mí quitándote uno de tus finos mechones de negro pelo de tu frente. Déjame que te explique cómo sucedió todo, cómo fue que yo hace tiempo que no soy yo, sino que soy tú cubierto por mi piel. Y que mis pasos ya no resuenan igual, sino que tienen un eco diferente, como doble. No sé si alguna vez lo has sentido, pero yo sí, y se parece mucho a ser dos personas en una. En cierto modo es como comprender que a partir de un determinado momento ya no eres una entidad única, sino que te duplicas y pasas a tener claro que tu vida va a estar junto a alguien hasta el final. Entiendo que, probablemente, no sepas de lo que te hablo, que te suene a manido y hueco. Te comprendo porque sé que nunca serás capaz de aprender a hacerlo, jamás querrás ver las cosas de ese modo, nunca te dejarás complementar. Ese es el problema: que yo me he quedado en una especie de limbo porque me tocaste tú en suerte.
Escuchando: Más de una vez - Iván Ferreiro
Escuchando: Más de una vez - Iván Ferreiro
miércoles, abril 02, 2008
Instantaneas
(Foto: Roger Guaus)Un parque lleno de niños jugando en atracciones metálicas, con abrigos fluorescentes y gorros de escalador. Todo bajo una luz intensa, como si el sol estuviera enfocando de manera especial ese cuadrado con suelo de arena, separado de una realidad lejana y violenta por barras verticales que antes eran color arco iris y ahora están ennegrecidas. En los bancos, fuera del recinto, las lánguidas madres leen revistas de esperpentos vestidos de princesas, prometiendo que nunca jamás dejarán escapar otro tren.
Una cocina pequeña, estrecha, con una claraboya que muestra el cielo nublado, gris, como en una fotografía en blanco y negro. Es el cielo de Praga y la mirada intenta atravesar el cristal y pasear por sitios que nunca ha visto y descubrir cosas que nunca verá y beber cerveza en bares oscuros e históricos. Pero no, sólo hay ese cubículo con muebles ajados, vasos y platos manchados y un lavadero que se ve mohoso pese a la falta de color del fotograma. Habrá que esperar para descubrir a Frank. Una vez más.
Y un pájaro muerto sobre la acera, encima de una pequeña y espesa mancha de sangre. A su alrededor pies vestidos con zapatos multicolores que lo esquivan. Un bosque de piernas que pasan observando la muerte alada, que en pocas horas será desahuciada de su trozo de ciudad por una pala metálica y herrumbrosa, junto a envoltorios y colillas de cigarros. Pero para entonces los pies calzarán ya suaves zapatillas de lana sobre alfombras mullidas, dentro de cajas de zapatos, tan idénticas como faltas de alma.
Sólo un vaso de plástico, aún con vino mezclado con cocacola, en la soledad del frío suelo de un apartamento céntrico. Un resto de una noche despreocupada y sin freno; diez horas de entrega y vicio dentro de treinta y ocho metros cuadrados con música envolvente. Dos cabezas dispuestas a triturar todo y no pensar en nada, al menos durante ese tiempo de aislamiento íntimo. Sólo dos cuerpos, dos sexos y el alcohol. Dulce paraíso en una isla en medio de la azarosa ciudad de neones sobre rascacielos de ojos rasgados. Tan hostil; tan ajena.
La cama revuelta, con sábanas marrones, en una habitación mínima y casi a oscuras. Alrededor, cajas selladas que guardan una vida y prometen otra distinta en un lugar desconocido. Ni un mueble, ni un alma, sólo cartón sujetando como un dique una realidad que se antoja difícil. En cada una, trazos azules que recuerdan los contenidos vitales aún por auscultar. Retazos de lo que fue, pudo haber sido y quizás pueda ser. Partes de un todo que no es indivisible sino un puzzle de lágrimas y sonrisas tristes.
Una foto a través de una ventana. Al otro lado, una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Coches aparcados en batería al lado de árboles cuyas copas llevan en guerra cientos de años. A un lado una cancha de baloncesto. Vacía. Donde antes había niños ahora hay mierdas de perro reblandecidas por la llovizna, que deja todo el escenario especialmente gris, especialmente desalentador. Al otro extremo, el centro de desintoxicación, rodeado de zombis erráticos que vagan entre la neblina sin ningún rumbo, salvo el que les marca su ansia artificial.
Una cocina pequeña, estrecha, con una claraboya que muestra el cielo nublado, gris, como en una fotografía en blanco y negro. Es el cielo de Praga y la mirada intenta atravesar el cristal y pasear por sitios que nunca ha visto y descubrir cosas que nunca verá y beber cerveza en bares oscuros e históricos. Pero no, sólo hay ese cubículo con muebles ajados, vasos y platos manchados y un lavadero que se ve mohoso pese a la falta de color del fotograma. Habrá que esperar para descubrir a Frank. Una vez más.
Y un pájaro muerto sobre la acera, encima de una pequeña y espesa mancha de sangre. A su alrededor pies vestidos con zapatos multicolores que lo esquivan. Un bosque de piernas que pasan observando la muerte alada, que en pocas horas será desahuciada de su trozo de ciudad por una pala metálica y herrumbrosa, junto a envoltorios y colillas de cigarros. Pero para entonces los pies calzarán ya suaves zapatillas de lana sobre alfombras mullidas, dentro de cajas de zapatos, tan idénticas como faltas de alma.
Sólo un vaso de plástico, aún con vino mezclado con cocacola, en la soledad del frío suelo de un apartamento céntrico. Un resto de una noche despreocupada y sin freno; diez horas de entrega y vicio dentro de treinta y ocho metros cuadrados con música envolvente. Dos cabezas dispuestas a triturar todo y no pensar en nada, al menos durante ese tiempo de aislamiento íntimo. Sólo dos cuerpos, dos sexos y el alcohol. Dulce paraíso en una isla en medio de la azarosa ciudad de neones sobre rascacielos de ojos rasgados. Tan hostil; tan ajena.
La cama revuelta, con sábanas marrones, en una habitación mínima y casi a oscuras. Alrededor, cajas selladas que guardan una vida y prometen otra distinta en un lugar desconocido. Ni un mueble, ni un alma, sólo cartón sujetando como un dique una realidad que se antoja difícil. En cada una, trazos azules que recuerdan los contenidos vitales aún por auscultar. Retazos de lo que fue, pudo haber sido y quizás pueda ser. Partes de un todo que no es indivisible sino un puzzle de lágrimas y sonrisas tristes.
Una foto a través de una ventana. Al otro lado, una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Coches aparcados en batería al lado de árboles cuyas copas llevan en guerra cientos de años. A un lado una cancha de baloncesto. Vacía. Donde antes había niños ahora hay mierdas de perro reblandecidas por la llovizna, que deja todo el escenario especialmente gris, especialmente desalentador. Al otro extremo, el centro de desintoxicación, rodeado de zombis erráticos que vagan entre la neblina sin ningún rumbo, salvo el que les marca su ansia artificial.
Escuchando: Roads - Portishead
viernes, marzo 28, 2008
A Dios rogando...
Acaba de terminar de decir a toda esa gente que se arrodilla a escucharle que amasar riqueza es uno de los principales pecados de la era moderna, algo que encamina directamente a la condenación eterna, rodeado de unos fuegos fatuos justos y faltos de compasión. Tras la extenuante diatriba y después de quitarse los ropajes adecuados para oficiar, el padre Steal abandona el recinto y se dirige a la enorme circunferencia que forma la plaza. Camina solemne sobre los adoquines, bajo un sol de justicia, con la cabeza alzada hacia el monumental edificio que se eleva ante él. La Basílica de San Pedro, una colosal construcción. Un niño pasa delante de él y se arrodilla para besar su mano. Este gesto, muy habitual por otra parte, le hace detenerse por un instante preso de una idea que acaba de atravesar su cerebro, de manera intempestiva, como si hubiera derribado todas las presas artificiales que el se ha encargado de construir durante años. Y si estuviéramos cayendo en los mismos errores que condenamos, se pregunta. ¿No estaremos, por ejemplo, amasando nosotros mismos una ingente cantidad de riquezas desde hace siglos? ¿Con todas las propiedades que poseemos y los lujos que tenemos, por ejemplo en este estado nuestro que dispone hasta de ejército propio, no podríamos dar de comer a la inmensa mayoría de la gente que muere de hambre? ¿No estaremos colaborando a la podredumbre de este mundo dedicándonos a sermonear mientras seguimos poniendo la mano y engordando nuestras arcas? ¿Tiene sentido señalar la pederastia como pecado mortal a la vez que ocultamos en nuestro seno a compañeros que han realizado este acto tan deleznable? ¿No habremos caído presos de la hipocresía haciendo lo contrario de lo que pedimos a nuestros fieles? En ese momento, un rayo de sol cayó de lleno sobre su magnífico anillo reflejando una luz morada que calentó su rostro. ¿Y quién soy yo para juzgarlo?, se dijo tranquilamente mientras reanudaba el paso santiguando a una pareja que, con mirada de adoración, le había dedicado una reverencia.
Escuchando: Oh Mandy - The Spinto Band
Escuchando: Oh Mandy - The Spinto Band
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